Bonifacio Byrne: las piedras de su cimiento
A cien años de su canto a la bandera
Bonifacio Byrne (1861-1936) es uno de los grandes poetas del siglo XIX que hicieron a Matanzas merecer el sobrenombre de Atenas de Cuba. En tiempos en que la ciudad contaba con numerosos periódicos y publicaciones literarias, colaboró con media docena de ellos. Aquí vio la luz en 1893 su Excéntricas, una excelente muestra de poesía de intimidad, nostalgias y evocaciones dentro de la corriente modernista prevaleciente.
En el tratamiento de cosas cotidianas, sencillas, muchas veces olvidadas, se halla uno de los particulares encantos de su obra; esos temas son desarrollados en La alcoba, Los muebles, Entre los míos y otros poemas, y serán más tarde ampliamente cantados en la poesía de Antonio Machado. Julián del Casal (1863-1893) una de las más altas figuras cubanas del modernismo, lo llamaría -con motivo de Excéntricas- "admirable y exquisito poeta", haciendo notar los matices de reminiscencias y lejanía de la poesía de Byrne.
En 1895 estalla de nuevo en la isla la lucha independentista iniciada en 1868. Siguiendo la suerte de muchos poetas e intelectuales cubanos a lo largo de nuestra historia, se ve obligado a emigrar a los Estados Unidos por la circulación de unos versos manuscritos en protesta por el fusilamiento del patriota Domingo Mujica.
¡Murió de cara al mar, en hora impía!,
y no rugió de rabia el océano,
ni en noche eterna convirtióse el día.
(Domingo Mugica)
En el exilio colabora, entre otros, con el periódico Patria fundado por José Martí y publica en 1896 su libro Efigies, dedicado a resaltar en sonetos las figuras de los mambises, los cubanos alzados en armas contra el poder colonial. Entonces su obra adquiere un matiz político, apreciable en Lírica y espada (1900), su tercer poemario impreso. Pese a tratarse de un tema coyuntural, es precisamente esta vertiente de su quehacer poético la que le dará su más preciado título, el sobrenombre por el que trascenderá a la posteridad: "el poeta de la guerra" - término acuñado por el crítico Nicolás Heredia (1859-1901)- y por el que será conocido hasta nuestros días.
Hace más de cien años, un invernal cuatro de enero de 1899, terminada la guerra cubano-hispano-norteamericana, compone el que sería su más famoso texto al divisar desde el vapor que lo trae de regreso a la patria, la bandera norteamericana ondeando sobre la fortaleza de El Morro, al lado de la cubana enseña de la estrella solitaria.
Al volver de distante ribera,
con el alma enlutada, y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
(Mi bandera)
En 1903, ya instaurada la República, publica Poesías, un cuaderno que lo lleva por ámbitos diferentes a su producción anterior. "Son poemas extensos, algunos de ellos recuerdan a Leopoldo Lugones, claro que no hay que hablar de influencias, pues Byrne realizó los suyos mucho antes de que Lugones encontrara su manera", dice, refiriéndose a esos versos otro grande de la poesía hispanoamericana, José Lezama Lima.
Bate el viento las duras portezuelas;
los árboles, del bosque centinelas,
parecen el camino vigilar.
Crujen las grandes vértebras de acero,
y el humo, su penacho pasajero
deja sobre la máquina flotar.
(En el tren)
Once años después de poemas como El mendigo, El andamio, El relicario, La granja y otros agrupados en su cuaderno de 1903, el poeta da a la luz su último libro, En medio del camino.
Byrne, es uno de los clásicos poetas matanceros que sin descollar en planos más universales logran alcanzar la excelencia de los maestros. Poseía una sorprendente intuición para -sin romper los moldes estéticos de su época- avizorar nuevos caminos luego recorridos por prominentes figuras. Sonetos como El sueño del esclavo, Nuestro idioma y Harén de estrellas muestran en todo su esplendor la estatura poética de Byrne.
Del mar vecino hasta la margen llego
y lanzándome en alas de la mente,
antes de que extinga el sol poniente,
monto de un salto en su corcel de fuego.
(Harén de estrellas)
Reconocidos estudiosos de las letras cubanas le reprochan no haber roto las limitaciones del provincianismo pese a su evidente evolución estética, la indudable influencia de sus viajes, el desarrollo de sus ideas políticas y su señalada intuición. Pero de él puede decirse lo mismo que escribiera de los gauchos el poeta Leopoldo Lugones:
Su recuerdo, vago lloro,
de guitarra sorda y vieja,
a la patria no apareja
preocupación ni desdoro.
De lo bien que guarda el oro,
el guijarro es argumento;
y desde que el pavimento
con su nivel sobrepasa,
va sepultando la casa
las piedras de su cimiento.
