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Los puentes rotos
De la desesperanza
y otros poemas
Reiteraciones o peregrino
al borde de la tierra
De las altas ciudades
poemas de miedo y exilio

Grabado
Escéptico o peregrino al borde de la tierra, de Sebastian Münster, siglo XVI, recreado por Camile Flammarion

Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra

Para mi hija Roxana, su sueño

Escéptico o peregrino al borde de la tierra es una ilustración de la Cosmografía (Siglo XVI) de Sebastian Münster, recreada siglos después por Camile Flammarion (1842-1925). El grabado -estilo alemán antiguo- representa al escéptico o peregrino con el cuerpo aún en el mundo cotidiano y su cabeza en el exterior de la esfera, rodeada de apocalípticas manifestaciones cósmicas.

lege, quaeso...

I

en la hendidura de la noche
el viento y sus jaurías obligan
al salto inconcluso
a la sorpresa que cae hasta la silla
desocupada en medio del paisaje.
La ruta compleja del hueco cerrado:
tengo un nombre pero no existo
más allá del limitado espacio
de esa música apagada
que crece con las palabras

II

lloro la poesía del trino
en la inocente mañana ante el verdugo tonto
que se mata
a sí mismo
una y otra vez

III

La hormiga que teme la vejez indigente
Virgilio, Geórgicas, i/106

sueñan los muertos
que están vivos y que no envejece
en la fugacidad de las estatuas
el vacío mortal de sus dedos;
aguantaron el desierto y el siroco
olvidando que la verdad es esquiva;
hoy maldicen de aceros el cielo desnudo
el vértigo de la luz
el eco que rueda limpiamente
en el vacío de los dedos;
caminan entonces los ojos
el polvo y el espanto de los nombres;
es el hueco ahondado de cada fecha
el odio al imperio
y los náufragos de la tierra
que se hunden
cuando no cabe la mar en ellos
como el hombre acorralado en el fondo mortal
de sus dedos

IV (sentado, en la casa)

sentado, como esperando esta isla que vuela
suave y estremecida
averiguo de qué lado es la muerte
si teje el sol su último misterio
en la estampida de los sueños

contemplo la casa devastada
el futuro hacinado ejercitando
la soledad del bullicio y la multitud
las prohibiciones y los atajos
y la herida que corre delante
de ella

mas, qué importa
si regresamos siempre de la mugre
al péndulo que equilibra el aire
al salto de la casa sobre la lluvia

porque si la parca, el dolor queda
con las manos vacías.

V

quisieron muros y no hay más que puertas
lentas, de tránsito
a través del fragmentado lenguaje
de los viejos

se van, agotadas
las fuentes claras ante esos traidores
que venden convicciones
como cuentas de vidrio
-en la vaguedad de la orilla
el agua que contiene el vaso
parece cristal que calla-

VI (:)

el frío diccionario:
esta palabra que no entiendo:
un gesto trunco:
sombras sin cuerpos:
páginas blancas las nubes:
no recuerdo la libertad:
tampoco mi perro

VII

duele el sur que trae el terral
hiere la esencia del silencio
el alma de la sombra
la casa sin cimientos
la patria al fondo
y esta ínsula anclada
en la piedra y su miseria

masticando vidrios
va este horizonte que no termina
por el gemido del risco y del océano:
país de duendes
el canto de las cosas
(a este lado del hambre el decreto
de la espina el sol duro
la confesión de cenizas)

su retrato es un clavo en la pared.
Tanto turista por la ventana
la vida corriendo
por el carril de acero
y este tiempo manuscrito
el fuego tatuado en las escamas
de la intemperie
las raíces como alas, el golpe
y el grito de Cristo: Elí! Elí!

el pájaro agoniza y vuela
soñando islas:

cansado de mapas y tormentas
inventará el mar y la ola mansa
en la cobija del monte
en el escéptico perfil de esta isla ignota.
Serán leves las estrellas y la trayectoria
del niño descalzo hasta la dimensión increíble
de la flor
entonces la ceiba

VIII

cuando no hay diálogo
sino gesto soberbio y ojo torpe y perplejo
se es esclavo de esta y aquella hora
desamparado
como en la llovizna
fría

IX

la tierra que albergó su huella
se olvida de sí ante la voz seca
y la palabra mojada: tanta cosa
inútil

la memoria teje, incesante
ya no -sin tiempo- la miro:
estas calles no dan al mar
sólo se arrastran cada vez

recito su cuerpo como era
como va siendo ya viejo el amor:
lo peor del mañana será quizás el recuerdo
¿quién puede atrapar su forma
amansar su cráneo
beber su labio inmóvil
buscando una noche para morir?
¿o es el infierno abismo
término
de la esfera celestial?
Si mueres otra vez
ya no podré ser más el dolor

no hay nadie
ni tampoco yo
en el protocolo de la orilla
al centro
del genocidio de la angustia
del ballet de los ahorcados

X (invención de la luz)

de tanto buscar la piedra filosofal sin ver
los aguacates florecidos que claman
urgentes por la primavera
me invento la luz:
crece la yerba sin que la escuchen
sobre los rostros solemnes
de los funcionarios:
golpear no te hace fuerte

cae sobre mí la hoja desnuda
que no es castigo ni odios
pero me autorizo la razón, yo
y no bajo la mesa
esos subversivos soñadores!

(la sospechosa poesía cargada
de gastados silencios)

los amantes haciendo calles podrían hoy
descubrir el día pero de seguro
sólo es uno más en
la inmediatez del horror
en el silencio que respira
la historia anónima
sobre tanto olvido selectivo
los rumores inciertos del horóscopo

(afuera la mar siempre agitada,
el suicidio diario de la resurrección)

me invento la luz

XI

resbala el verbo por la superficie
pero deja su sedimento,
viscosidad de sangre

el plenilunio: los arroyos
su blanco seno: el recuerdo
la llovizna: el milagro
las desgracias rituales
inutilidades de cada día la evasión

aceptas, rechazas, escoges
acaricias las palabras
suplicas frases, versos
ay, un verso que ilumine, grite, llore
una metáfora!
para esculpir en la piedra: en la nada
vibración: temblor: un DO MAYOR
para cargar contigo
marcar en la piel
arrastrar a la luz, descaradamente?
con pena: tímido, y se queda ahí
ignorado: mustio (el verso)
la sílaba confusa

XII

¿quién sabe mi voz
que se empina
hasta el umbral de las angustias
si en cada término está también
el signo escapadizo de la mordaza?

desayuno y el pensamiento espera
mudo y horrible, junto al límite
del pavor:
digo que me he perdido
o mejor
que nunca he sido

y dicho esto
sobre las estaciones y su tránsito
queda esta rabia
que se entra por la semilla
en lo amargo del objeto
y la precariedad esmaltada de la taza

XIII

el amor sin puntos cardinales
en el verano desnudo salta o muere
pero es la misma palabra, inconfesada
la fiebre fúlgida del deseo
y el cuerpo seco:
mi derecho a hacer versos sobre el viento

muerdo la carne desgarrada
banco de peces en la sed de mi garganta.
Niego la cola del cometa.
Soy el proceso interminado
como el amor y el río

(los dos cuerpos que mueren
cada vez
en el secreto de cada instante
casi ángeles y casi perros
como aire que arde por las playas mancilladas
y la quietud
sólo una vez postrera y definitiva)

la amante cifra sus besos
en la impiedad del aire:

es cuando la sangre que emigra lenta
trae el calendario oculto de los peces
el reencontrado misterio
el amor sin puntos cardinales
los pormenores de la hecatombe

XIV

me espero a mí mismo y no llego
emito sonidos que parecen voces
en este jardín de inutilidades que nunca
florece

regreso con la espalda doblada
y cruzo el río a pesar de todo
lentamente

también se cae a pedazos
mi país íntimo
porque al suceso de los días
por la curva de la yerba
descienden los trenes sin pasajeros

en los nombres ruinosos de figuras
y nada más
me pierdo y siempre
regreso al mismo lugar

XV (la casa)

Entonces los muros no estaban cubiertos
de imágenes criminales
Propercio (II,5,26)

al borde del techo cuelga el sol
y la lluvia lava los huesos

tras la ventana la edad
de la confusión y el error
tras la ventana, digo
la torpeza de los dedos
la persecución de los años
la alquimia milagrera de las espumas

el reiterado riesgo del reflejo
en el laberinto de espejos
de la pared vacía
el crucifijo sin cuerpo
los artificios que duermen y encantan

desnudo en la memoria
el perfil inacabado
la silenciosa sábana
la duda como puerta
y el polvo saldo de los besos

la casa, que aprisiona el círculo
y el límite geométrico
alberga la humedad del viento
el perfume olvidado de la ternura
que se hunde
en los signos de la piedra
el espanto de los jardines
y la humildad inagotable del agua que fluye
al borde del techo

XVI

tan ancha la noche
que se pierden las orillas del canto
en el complicado juego
de la apariencia
la incertidumbre infinita
la turbiedad del oro

el niño que somos
al paso de la mano que llora
es el olor recién raspado
a madera
¿qué son estos pasos más cortos
cada vez
en la medida de la sombra?
¿qué el trapecio y la longitud del fuego
si entonces la luna es el declive
de los números impares?

tantos cambios y el rostro
cuasi el mismo, no cabeza, archivo
cuento infantil, triste
por creíble: un pez abierto
como una flor
la flor que navega y se aleja
por los desagües, los charcos,
el mar.

XVII

replegarse a los huesos huyendo del pánico
viejo conocido
arrastrando la semilla y su fin
hasta la moneda que cae y nunca de canto
hasta esencia de la caída
parece terrible y sólo es un día.

XVIII

rostros, rostros, rostros.
Se confunden las piedras, los mares.
El discurso: para qué sirve?
reiteraciones
regresos interminables
círculo cerrado
cada puente su mentira.
Cercarán mañana el cielo
(quizás)
el río, los nombres, las ventanas
como espejos con inmateriales
apenas perceptibles siluetas

XIX (palabra final)

pueden decir entonces que las campanas
ya no suenan a plata
que blande escarnio el viento
los herrumbrosos contornos
cada piedra su signo
la paciencia como dogma

beberé mi gloria en el fondo del trago
el consuelo que se escurre
el imposible paraíso
la ilusión de la orquídea:
en definitiva perdonaré los clavos
y bendeciré
el impío musgo de los huesos
el cielo todo del ritual y el espejo

perdonadme por la censura que nunca
ejercí
la otra ciudad de la máscara
la otra máscara del polvo
la cárcel de la abeja
y la subsistencia de la rosa,
rosa de los pájaros que alzan vuelo,
al amanecer.
Los ojos llenos de ayer respiro apenas
el gesto que desaparece y flota
porque no decimos la mañana
sino su sombra

la línea es oblicua
pero el horizonte cierto en el camino
de la baraja
el círculo no acabado
un anatema el aire y esos tercos grillos
que cantan

XX (paisaje)

mastico la sombra que me hunde
la hartura de los hallazgos
el sieg heil que anonada
el cofre cerrado de los confines
la isla que navega mi muerte
por la constelación amarga
y la afrenta que brilla y atrae

trazo un círculo sólo para cruzarlo
quizás por accidente
en diagonal

me voy agarrando de los cabellos
la fragancia
la luna y su reflejo en el agua quieta
que va creciendo lenta y sube
por las paredes
de la garganta hasta un mes cualquiera
y la imposible canción de los grillos

XXI (óleo)

Señor mío: Tú me diste estos ojos;
dime dónde he de volverlos en esta noche larga
que ha de durar más que mis ojos.
Dulce María Loynaz, Poemas sin nombre, XCII

ante la apagada miseria y el brillo
de los que tienen
bucean los maestros en las paletas
la infinita encrucijada devorando
los símbolos de la nada

mentido en las pinturas
que estallan
este tiempo dividido cae gota
a gota
por la lengua del pincel que nombra
inexorables estrellas vuelan
tristes sobre el último trazo

toca el viento la ronda de los augures
en el rumor de los salones
en la simiente puntual que le aparta
del coro y sus alabanzas

pero tapiada está
la puerta del lienzo

XXII (lapsus tempore)

el tiempo es nunca alegre nunca triste
animal escondido en los zapatos
el paréntesis del no tiempo colgado
de la percha rota
detrás de todas las puertas el hoy cuelga
de hilos

periodo de ayuno estrictamente masacrado
cerveza aguada de los perdedores
el beber los vasos llenos de palabras color vacío
(escuchen los perros para hoy y siempre la noche
se cree eterna)

es un ultimátum a las bocas que te nombran
en la lentitud del ocaso
atormentándose  de café y vislumbres
sólo vislumbres
en la profundidad del derrumbe
la ausencia de dios

XXIII

el peregrino de los cristales
se roba la luz,
las cercas que mantienen la brisa,
el libro prohibido

fue prisionero de espirales infames
de desgarrones ocultos
del naufragio de los mitos

el peregrino
- torero de sueños, amador de truenos-
tenía
pobre hombre
un brillante en el pecho
y lo amó.

Siempre lo miran, ay
las estrellas
la mitad de cada instante
el ala blanca

XXIV (la ciudad y los locos)

hoy huelen a flores los locos y los orines
en las esquinas de la ciudad
el estómago también hace versos
y reclama su mendrugo a la poética
-si no me quito la máscara
quién me llorará
el candado sobre la lengua?-
pero no tengo rey
tampoco la ciudad: no creas lo que dicen
rabiando el sol desayuno
el mordido pan del hambre

el enemigo pone sitio a la casa
el tonto enarbola su sonrisa
los partes prometen la bonanza
y el sol reduciéndote a largas jornadas
quemadas, huecas
la luz duele en los ojos
y en la ropa muerta de ayer;
celadores asustados otean los vientos
y la mano alzada que no vale de mucho
sin las otras buenos días
dicen los locos y siguen

para qué inventamos la brújula
y estos días tan largos
ofrecimos comida a los dioses
ejercitando las máscaras
infringiéndolo todo
en los imprecisos poemas sueños subastados
y es que
si nadie dice la ciudad se muere
para qué inventamos la brújula?
navegamos el odio sin ella
y este despertar de locos
es la patria de cada día

XXV

la esperanza (si lo es)
ha de ser blanca en su insólita desnudez:
a partir de hoy sólo leeré la página virgen
la no escrita.
Cómo hacer la blancura y la piedra, Dios,
sin respirar?

seré bueno una vez muerto
ahora sólo soy yo y araño y grito
y recelo del agua que viene y se disculpa
por la ausencia de los huesos
tan tristes como son por dentro, repetidos
cuando arrastran mi cabeza por la acera
y el árbol por la memoria

un dolor antiguo
es el bálsamo interior de las nubes

únicamente los maderos
debían flotar sobre las aguas
lejos de la mezquindad y este ojo derecho
casi ciego

XXVI

oído todo
las voces elementales
la tibieza de las mañanas
la noche y sus máscaras
confesaré rencores en el pan disminuido
en el altar inútilmente adoquinado
en la tumba del césar
por la luz y sombra de la mano que duda

porque el beso que se arruga lento
como un domingo, divide el tiempo
enredado
entre pájaros y palabras
hago acrobacias en el silencio y el brillo
de la desigualdad
llora mi gente (a veces ríe también
soñando inundada
de gritos
hasta el horror del vuelo prohibido
el canto de las raíces
y la cerrada puerta del reposo)

en la levedad del agua y el cuerpo que se hunde
gravita la esperanza y su eje en el llanto
de las voces elementales
la tibieza de las mañanas
la noche y las máscaras

XXVII (teatro de difuntos)

abierto está al fondo de todo
el teatro que vende la superficie húmeda
del verano

ave César, los que van a llorar
el bolsillo lleno de naipes iguales
(el reloj es un paréntesis)
y mi propio ángel que muere
son umbral que cruzo en vilo
hasta la zona del sueño y lo prohibido.
Algo sucede siempre, quién sabe dónde

el escenario y su juego
o el estar fluyendo en el desconcierto
del beso

creaturas de volúmenes exactos, precisos
- cosas pequeñas,
objetos nimios- flota
el rebaño triste.
Pongo mi nombre como quien pone
una cruz
en la pared y su precio
y volveré por la tierra:
me entraré como una raíz
(cerremos las tumbas
no vayan a regresar los muertos)
hasta el cartel que dice
Se prohíbe creeer  en el arcoiris
cuando llueve

el público pide lo imposible.

finis coronat opus...

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