|
Arique,Revista de poesía
|
|||
| Cuento Ensayo |
![]() |
|||
| Poesía Los puentes rotos |
De la desesperanza
y otros poemas |
Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra |
||
La red Creo que nunca había visto el parque aquél. O quizás sí, pero debía estar situado algunas cuadras más abajo. De cualquier manera, aunque desconocido, me eran familiares su entorno, su paisaje, su disposición: abierto a los cuatro puntos cardinales, algunos escalones de acceso sobre el nivel de la calle, los consabidos bancos de madera pintados de verde esperanza, la figura central en medio del parque. Probablemente era, un poco fuera de tiempo o espacio, el pequeño parque de La Marina, el último barrio de mi ciudad (supongo que siempre alguien debe ser el último, aunque se diga que todos somos los primeros). Allí, en el último parque del último barrio, se juega al prohibido, se come la prohibida carne de res -ah, ese olor a bistec con papas fritas que se posa en las caderas de las mulatas y en los negritos en cueros por la calle, allí donde casi todo está prohibido-, se bebe alcohol y se respeta a Changó y a San Lázaro. Hace casi cuarenta años era el barrio de las putas y de los santeros; hoy no abundan los blancos ni los militantes del Partido, aunque sí los músicos y los poetas. El río, en cambio, sigue igual, sucio y maloliente e inunda las calles y los solares en tiempos de ciclón. A decir verdad no hay en él una sola tienda por dólares, aunque sí muy buenas jineteras; tampoco tiendas -aunque sea una pobre y vacía tienda- por moneda nacional, pero sí una pipa de cerveza cruda que atrae multitudes y ante la cual se espantan las monjitas y pasan las mulatas moviendo las nalgas. Como casi todos los días atravieso el parque de La Marina u otro parecido, me dispuse a atravesar éste; subo los escalones, sorteo algún banco y para acortar camino le entro en diagonal. En medio de la plazoleta unos árboles ralos, desprovistos de hojas, sólo los troncos poco gruesos y menudos, nervudos como lianas. Una rama a la derecha, otra a la izquierda, me escabullo para cruzar por el medio, pero... otra vez reboto contra una enorme tela de araña, resistente y elástica como tejida con cuerdas de náilon. Sorprendido, miro hacia arriba y me percato que la telaraña se extiende de rama a rama y que ambas no son sino los brazos abiertos de un árbol con figura humana, una especie de talla en madera de un negro flaco, de rostro benevolente, inclinado sobre mí y CON SUS BRAZOS EXTENDIDOS Y ENTRE ELLOS LA RED. Un poco más allá, un anciano negro que lee su periódico en un banco levanta la vista. Comprendo que he cometido un error, que intenté pasar por donde no debía, ofendiendo a algún santo y que la deidad de madera me lo ha impedido. Azorado, pido perdón y me desvío a un lado. Digo que nunca tuve intención de ofender las cosas sagradas y el anciano, espectador de mi torpeza, me dice no importa, tu peor momento ya ha pasado. Y he despertado sin saber si me lo dijo hace cuarenta años o si me lo quiso decir cuarenta años después. |
Arique |
|||