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Arique,Revista de poesía
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| Cuento Ensayo |
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| Poesía Los puentes rotos |
De la desesperanza
y otros poemas |
Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra |
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Matanzas, Chile Matanzas es un toponimio bastante usado en todas partes. El particularmente -¿o debería decir colectivamente?- mío está situado en una isla de la que me separan hoy tres años, trece mil kilómetros y algunas otras cosas. Pero mucho más cerca, del lado acá de dos océanos y de esta cordillera que marca el fin del mundo, también existe otro lugar, otro asentamiento humano que es el puerto de Matanzas, que guarda muchas similitudes con el otro. Está ubicado en el centro de la larga geografía chilena, donde el clima es más benigno –o menos inclemente- que en el resto del país, donde se elaboran los mejores vinos y de donde son los verdaderos huasos, versión criolla de los guajiros cubanos. Al igual que en la Matanzas de la coste norte cubana, hay varias versiones para explicar el origen de tan siniestro nombre. Según algunos proviene de los albores del coloniaje español, cuando era utilizado como puerto de carga por una floreciente industria de carnes: desde lobos marinos hasta ganado vacuno eran sacrificados y procesados para abastecer a otras regiones. Según otros alrededor de 1578 el pequeño asentamiento de pescadores y recolectores de mariscos fue asaltado por el pirata Francis Drake y de la matanza de sus habitantes surgió el triste nombre. Una tercera probabilidad explica que los primeros españoles que allí se asentaron provenían en su mayoría de otra localidad homónima y así continuó la tradición de Matanzas. Puerto militar, por él desembarcaban las tropas españolas hacia el centro del país, antes de ser ocupado por los piratas en cruentas batallas que dejaron su huella en los barcos hundidos que todavía yacen en su fondo de arena. En 1906 un terremoto –cataclismo frecuente por estos parajes- destruyó el puerto. Veinte años después sus restos fueron desmontados y subastados. El último vestigio de su esplendor, el edificio de la administración del puerto, propiedad de la Orden Franciscana, resultó totalmente destruido en otro terremoto, el 3 de marzo de 1985. Geográficamente el lugar es un sector plano –la orilla de la playa- más o menos angosto, sobre el que se emplaza la mayor parte de la población actual, seguido de otro sector con abruptas laderas y mesetas de entre diez y cien metros de altitud. El agua, como todo el litoral en esta zona, es fría y lo más notable es un constante y soberbio viento del sur que ha hecho el milagro de convertir el enclave en un visitado centro de surf y deportes náuticos en general. Y también tiene sus leyendas, como teníamos nosotros la gaviota del San Juan o la india dormida. La Playa del Padre, por ejemplo, tiene su origen en la muerte de un religioso franciscano. Al dejar de funcionar el puerto de Matanzas, el edificio de la administración fue adquirido por D. Francisco Echenique, quien lo entregó a la Orden Franciscana, por lo que durante mucho tiempo los religiosos de esa orden pasaban allí sus períodos de descanso. En un verano de los años veinte uno de ellos, más osado quizás que sus hermanos, se adentró en el mar, dándoselas de buen nadador: nunca más se supo de él. Un poco más allá de la Playa del Padre, está la Piedra de la Sirena, y de ella nos cuenta el historiador Orestes Plath que habiéndose enamorado un capitán inglés de una bella lugareña –la más bella de todas-, los despechados galanes de la zona acudieron a los servicios de una bruja, que convirtió en roca a la hermosa dama. Según los lugareños –que aquí llaman matancinos y no matanceros como nosotros- y los que cuentan estas leyendas, de noche y de de día, todo el tiempo, se escuchan voces y cantos en el viento del sur y en el ruido de las olas que azotan la Piedra de la Sirena, en Matanzas… Agradecemos al Prof. Amadiel Venegas González de la Escuela Carlos Ibáñez del Campo, de Matanzas, la información y las fotografías que han servido de base para esta viñeta. |
Arique |
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