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Poetas suicidas cubanos
(Introducción a la antología Siete Poetas Suicidas Cubanos, segunda parte)

Quizás haya que buscar la primera relación de la poesía cubana con el suicidio en tan temprana fecha como 1861.

Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido como El Cucalambé, es considerado uno de los grandes de la poesía cubana del siglo XIX y, para muchos, el primero de los decimistas criollos, fiel representante del siboneyismo, una de las corrientes iniciales de la poética insular. A más de un siglo de distancia todavía es grande la admiración que por el que consideran su maestro, sienten los cultivadores actuales de la décima en Cuba. Nacido en El Cornito, término de Puerto Príncipe, en 1829, sus versos ponen de relieve el amor por su tierra, acrecentado por las raíces bucólicas de su poesía -en que se advierte la influencia de Horacio y Virgilio- y un amplio conocimiento de la literatura clásica española. Participó en conspiraciones contra la metrópoli española (1851), editó periódicos, incursionó en el teatro y nos dejó una obra clásica en la poesía cubana: sus Rumores del Hórmigo (1856).

Cinco años después, en 1861, nadie sabe de él. Su desaparición es un misterio hasta el día de hoy. Aunque la hipótesis de un suicidio parece la más lógica, no hay documento histórico alguno que explique su oscura desaparición: ni registros legales, ni notas necrológicas, ni noticia alguna que explique lo acontecido.

A Rufina, invitación segunda

Con sus aguas fecundantes
Tenemos aquí el octubre
Y ya la tierra se cubre
De bellas flores fragantes.
Los jobos se ven boyantes
En las corrientes del río;
El guajiro en su bohío
Canta con dúlcido afán,
Y pronto se acabarán,
Los calores del estío.

Tengo, Rufina, en mi estancia,
Paridas matas de anones,
Cuyos frutos ya pintones
Esparcen dulce fragancia:
Hay piñas en abundancia
Dulces así como tú;
Hay guayabas del Perú
Y mameyes colorados,
Que comeremos sentados
Bajo el alto sabicú.

Tú en mi caballo alazán
Y yo en la yegua tordilla
De la estancia por la orilla
Correremos con afán.
Verás qué verdes están
Los palmares inmediatos,
Contemplarás los boniatos,
Y las cañas bulliciosas
Y en éstas y en otras cosas
Pasaremos bellos ratos.

Pronto verás las orillas
Del arroyo y las barrancas,
Cómo se cubren de blancas
Y fragantes campanillas.
Las ciruelas amarillas
Están madurando ya,
Muy pronto sazonará
La fresca y sabrosa caña,
Y el mijo allá en la montaña
También madurando está.

De tarde recogerás
Los huevos del gallinero
Y mi ordinario sombrero
Lleno a la casa traerás:
Un gallo giro verás
Que pienso poner en traba.
Porque los pollos me acaba
Con su maldita fiereza;
Ven, chinita, que ya empieza
A madurar la guayaba.

Te llevaré a un colmenar
Con cuyos productos medro,
Y que está bajo de un cedro
Al fondo del platanal;
La miel te daré a probar
Si miedosa no te alejas,
Y sobre unas palmas viejas
Alterosas por demás,
A los pitirres verás
Acechando a las abejas.

Si a caminar te sonsaco
Por las riberas del río,
Contemplarás, ángel mío,
Lindas vegas de tabaco.
Allí oyendo el chinchiguaco
Por entre una y otra calle
Tu pulidísimo talle
Sin rival te lucirá,
Y esbelto se mecerá
Como la palma en el valle.

De un ingenio que hay vecino
Te enseñaré los primores,
Los negros trabajadores
Y las pailas y el molino.
De blanco azúcar refino
Verás al sol los tendales,
Y allá en los cañaverales
Has de oír aunque te inquietes,
Fuertes golpes de machete,
Voces de los mayorales.

De un cafetal inmediato
Entre mil bellos objetos,
Los florecidos cafetos
También de enseñarte trato:
Allí descansando un rato
A la fresca sombra de ellos,
Cantaré tus ojos bellos,
Tus encantos soberanos,
Y te estrecharé las manos
Y besaré tus cabellos.

Y en fin, cuando nos cansemos
De tanto correr ufanos,
Cantando versos cubanos
A mi estancia volveremos.
Allí mil cosas haremos
Que quedarán inter-nos
Y descansando los dos
Sobre rústicos asientos,
Bendeciremos contentos
A nuestra Patria y a Dios.

Ya en el siglo XIX, durante la guerra de independencia contra España, el poeta matancero Carlos Pío Uhrbach y la también joven poeta habanera Juana Borrero sostendrán un romance que termina con la muerte de ambos, una historia donde no podemos hablar de suicidio pero que constituye un canto de amor y muerte como los eternos amantes de Venecia.

Jesús David Curbelo, en su trabajo ¿Y dónde está Rimbaud?, lo describe así:

(...) se conocieron y la conjunción de gustos e ideales, más la mutua veneración por Casal, los unió. Enseguida eran novios a espaldas de Esteban Borrero y, en virtud de las difíciles     circunstancias amatorias, cruzaban una febril correspondencia de tres o cuatro cartas al día. En estas misivas Juana exige a su amado un amor vehemente, incontenible, pero espiritual, sin turbiezas corporales que lo reduzcan a niveles pedestres. Un amor para vivirlo en la literatura, no en la vida. Una  sublimación final de las paradojas tan gratas al Casal cuya imagen Juana no pudo conjurar. Después, ella partió al exilio, enfermó de fiebre tífica y murió sin volver a encontrarse con Carlos Pío, dictándole a su hermana una Última rima que dice:
 
Yo he soñado en mis lúgubres noches, 
en mis noches tristes de penas y lágrimas, 
con un beso de amor imposible 
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Yo no quiero el deleite que enerva, 
el deleite jadeante que abrasa, 
y me causan hastío infinito 
los labios sensuales que besan y manchan. 

¡Oh, mi amado!, ¡mi amado imposible!
Mi novio soñado de dulce mirada, 
cuando tú con tus labios me beses 
bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias. 

Dame el beso soñado en mis noches, 
en mis noches tristes de penas y lágrimas, 
que me deje una estrella en los labios 
y un tenue perfume de nardo en el alma. 


Carlos Pío, a la sazón en la manigua insurrecta, publicó un poema premonitorio acerca de la muerte de su amada, y la propia, en la misma semana que la muchacha fallecía en Cayo Hueso. Después va a Estados Unidos en misión de guerra, visita la tumba de Juana en repetidas ocasiones, y regresa al campo cubano a morir con patriotismo, a consumar el silencio del amor enmascarado en el silencio del sacrificio político. Un  verdadero imposible que se realiza en el misterio de La Poesía para cerrar, a golpe puro de silencio, nuestro siglo XIX marcado por la muerte, la locura y el exilio.

Casi por terminar la guerra, en 1895, cae en circunstancias que muchos aún hoy todavía consideran un suicidio, el mayor de los poetas y el más grande de los políticos cubanos, José Martí. Como poeta fue precursor del modernismo que más tarde desarrollaría en todo su esplendor su discípulo nicaragüense Rubén Darío. Con sólo dos cuadernos de versos publicados en vida: Ismaelillo (1882) y Versos sencillos (1891) su obra poética, en particular su Ismaelillo, considerado una de las obras más tiernas de la lírica española, y sus Versos libres publicados póstumamente, son imprescindibles en la poesía hispanoamericana de todos los tiempos.

En 1878 José Martí está en Guatemala y el amor y la muerte rozan sus alas. Allí sostendrá una especial relación con María García Granados, una joven que más tarde se suicida y a la cual el Apóstol dedicaría su conocido poema La niña de Guatemala. Desde allí enviará esta carta a José Joaquín Palma:

Es nuestra tierra, tú lo sabes bien, un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas; como cerca de los cadalsos no viven bien más que los cuervos, tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno.

¡Bien hayan siempre los poetas, que en medio a tanta humana realidad anuncian y prometen la venidera realidad divina! Lejos nos lleva el duelo de la patria (...) Pero puesto que la poesía ungió tus labios con las mieles del verso, canta, amigo mío, el mar tormentoso, semejante al alma; el relámpago, semejante a la justicia de los hombres; el rayo que quebranta nuestras palmas; los bravos pechos que llenan con su sangre nuestros arroyos. Cuando te hieran, ¡canta! Cuando te desconozcan, ¡canta! Canta cuando te llamen errante y vagabundo...

En mayo de 1895 Martí ha regresado a Cuba y encabeza junto al dominicano Máximo Gómez y al gran mulato Antonio Maceo, la nueva insurrección armada contra España. Pero el Apóstol quiere una república civil -con todos y para el bien de todos- desde sus inicios  Maceo y Gómez quieren dar prioridad a lo militar sobre cualquier otra consideración. Surgen desavenencias y se cruzan duras palabras entre Martí y Maceo. Poco después el Apóstol cae abatido a balazos en una confusa escaramuza en Dos Ríos. Conocida la noticia de su muerte, Rubén Darío exclama: Maestro, ¿qué has hecho?.

La historiografía posterior y los intereses políticos más diversos han manipulado la imagen martiana hasta convertirla en una sustancia irreconocible. Aunque hoy es mayoritariamente aceptada la causal de un infausto accidente bélico en su caída en combate, algunos de sus más notables biógrafos no descartan la evidencia de una autoeliminación. Numerosas premoniciones, indicaciones escritas de un cercano final, e incluso de determinadas circunstancias como la caída entre corrientes de agua, la lluvia en el día de su muerte, etc, han sido halladas en su obra, especialmente en su diario de campaña, que escribió hasta poco antes de su muerte. El argentino Ezequiel Martínez Estrada recoge esta visión cósmica y tanática del Apóstol en su obra Martí revolucionario (1967).

En Martí se encarna como en pocos individuos la dolorosa dualidad del político y del poeta. Aunque la historia parece decirnos que siempre optó por resignar sus preocupaciones literarias a la necesidad de su acción política, el suicidio no puede ser descartado ni por las circunstancias que anteceden a su muerte, ni por su innegable condición de poeta -recordemos que en los tiempos antiguos el poeta era el apóstol- para quien la muerte y el suicidio son versos inevitables.

Con la instauración de la República en 1902 se abre paso una etapa en que, hasta el día de hoy, la poesía mantendrá una muy estrecha relación con la política y con el suicidio, relación que, como puede investigarse, había comenzado mucho antes. Numerosos son los casos partiendo desde el gran José María Heredia, hasta el exilio de numerosos poetas durante la lucha por la independencia, la aparición de antologías como El laúd del desterrado, etc, que avalan este extremo, pero por razones de posibilidades y el marco previamente definido para este trabajo, no vamos e extendernos en ello. Sólo citamos algunos ejemplos para dar idea del contexto que precede y rodea el accionar de los poetas suicidas cubanos.

Ya en 1948, en un discurso ante la Universidad de La Habana, Jorge Mañach, intelectual de conocida cubanía y autor precisamente de un controvertido libro sobre Martí -considerado tabú en los años posteriores a la revolución de 1959, Martí, apóstol- había señalado:

Hacer cultura es entre nosotros, como siempre, un modo de hacer política; hacer política es también, hoy más que nunca,  un modo de hacer cultura.

En 1909 René López, un joven poeta de 27 años, se suicida en La Habana. Autor del poema Barcos que pasan, que aparece en varias antologías de la época, entró en un conocido restaurante de la Manzana de Gómez, uno de los sitios más populares de la capital cubana entonces. El periodista y novelista Félix Soloni describe así la escena:

Comió como un príncipe y pidió un coñac para rematar la cena. Lo mezcló con el cianuro que llevaba en un frasquito y pidió la cuenta. Dijo al camarero que se la trajo: Dígale al dueño que esta comida la va a cobrar en el infierno. Y tranquilamente se bebió el tósigo.

Por esa misma época (1910) Rubén Darío, el genio del modernismo que considerara a Martí su maestro, se encuentra de visita en La Habana. Ha debido volver sin poder entrar a su natal Nicaragua por las circunstancias políticas allí imperantes; la penuria económica también hace su aparición y el poeta consume alcohol en abundantes cantidades en los bares y restaurantes de La Habana. Una tarde en el hotel Sevilla, cuando ya no cabe más whisky en su cuerpo, Rubén Darío intenta arrojarse al vacío desde el balcón de su habitación. Su secretario y un empleado del hotel logran finalmente evitar que lo haga.

Al año siguiente, 1911, un mulato nacido en Santiago de Cuba, Pablo Lafargue, consuma un pacto suicida junto a su esposa Laura, hija del filósofo comunista Carlos Marx. Lafargue había abrazado desde joven la ideología marxista y colaborado estrechamente con Marx. Aunque no dejó ningún poema escrito -como sí hizo el alemán, poemas de corte amatorio y religioso que son muy poco conocidos, quizás por la maniquea visión de un duro pensador social poco dado a las emociones poéticas-, nos ha legado un romántico, casi poético, Ensayo sobre la pereza. Poco antes de morir había publicado su obra mayor, El determinismo económico en Carlos Marx.

La revolución de 1959 marca en la historia de Cuba un antes y un después. Y en esta selección de poetas suicidas hemos querido circunscribirnos a los que pusieron fin a su vida en ese largo después. La ampliación de la investigación y recopilación fuera de este marco implicaría recursos no disponibles por el autor en las actuales circunstancias, en la cual juegan factores tan determinantes como la lejanía de la Isla y sus consiguientes inconvenientes como la falta de acceso a bibliotecas y demás fuentes de información originales. Por estas y otras consideraciones no hemos querido llamar -porque no lo es- antología a la presente selección. Por estas y otras también elementales consideraciones, hemos obviado aquellos casos en que el suicidio no está claramente establecido, aún cuando las especiales circunstancias de la muerte e incluso, algunos espectadores directos así lo consideren.

Tales son los casos de Rolando Escardó (1945-1960) y Luis Rogelio Nogueras (1944-1985), muertes que han sido interpretadas desde los más disímiles ángulos.

Escardó, con una poesía de corte elegíaco y existencial, tenía al triunfo de la revolución de 1959, un reconocido prestigio entre los poetas y escritores de la época. Su afinidad por el proceso político que recién comenzaba facilitó que fuera encargado de organizar el Primer Encuentro de Poetas, en Camagüey. Escardó había participado en la insurrección contra la dictadura de Batista y lucía su uniforme verde olivo cuando, para esos menesteres, fue a visitar a Carilda Oliver Labra en Tirry 81. A poco de salir de allí, la poeta fue avisada de que fuera a la morgue a fin de identificar el cadáver de un joven muerto en un accidente de carretera: Escardó había perecido en un extraño accidente automovilístico en las afueras de Matanzas, justo semanas antes del encuentro. En el No. 3 de Arique (enero de 2001), la cuasi-revista artesanal de poesía que venimos haciendo junto a otros poetas matanceros, publicamos este texto de Escardó:

Fuego negro    

Tus ojos me hablan de extraños mundos
a los que no he viajado
ciudades
sitios aislados
fantasmas míos
que reconozco huyendo
de tu abrazo.

Bien mío
estrella
signo que vienes a este valle de lágrimas
quién podrá detenerme
quiénes se atreverán.

El filo de mi puñal brilla en tus ojos
de plata
oh alma,
en tus ojos de plata hechos para mi deleite
de instante en instante.
¿Cómo es posible
cómo pueden ser tan posibles estas cosas?
Ni yo mismo comprendo lo que me trajo
ni lo que me arrastra
mas entiendo esas realidades que me espantan
o acaso entiendo que este valle de lágrimas
no es mi casa.

Pero tus ojos me hablan de esos extraños mundos
a los que no he viajado
oh estrella
fuego negro que me matas.

Luis Rogelio Nogueras, conocido como Wichy el rojo por sus amigos, sorprendió a los críticos literarios y al jurado del Premio  David de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) por su poemario Cabeza de zanahoria y llegó a convertirse en los años siguientes, en una figura ampliamente reconocida y emblemática de lo que hoy podríamos considerar la poética oficial de aquellos tiempos. Aún hoy sigue siendo un poeta de culto para algunos, aunque no para todos, dentro de la poética cubana. Muchos de sus textos como Ama al cisne salvaje y Halt, han sido ampliamente divulgados y estudiados. Las poco claras circunstancias de su muerte por una rápida enfermedad en La Habana, siguen siendo origen de numerosas especulaciones.

Aparentemente más extendido el suicidio entre los poetas de un sexo que los del otro, apenas una mujer hemos podido incluir en esta muestra. Por su escasa relevancia en la poética cubana y los inconvenientes ya aducidos en la labor de investigación, nos ha sido difícil conseguir material y datos sobre Marta Vignier; apenas algún libro publicado y una trayectoria más de funcionaria en el sector cultural que de poeta reconocida, hoy la convierten en una figura olvidada, diluida en el tiempo. En ella, más que en otros casos, queda claramente dibujada la dualidad del suicidio, su luz y sombra, su doble filo de desesperación y gloria. Cuando especiales circunstancias o la impronta de su obra no logran fijar en la memoria de su época la excepcionalidad -o al menos cierta particularidad destacable- de su paso por la vida, el poeta, escritor o artista se pierde como una estrella fugaz en el vasto firmamento de la cotidianeidad. El cadáver de la poeta inerte sobre el asfalto luego de precipitarse de las alturas, no logró siquiera la trascendencia de aquel otro suicida que se lanzara desde un vigésimo cuarto piso en Santiago de Chile y que quedara inmortalizado en La paloma de Santiago, del poeta ruso Evgueni Evtushenko. Quizás a veces falta la paloma o un verso que nos sobreviva -como pedía Buesa- para que nos recuerden en alguna oscura antología o selección. Por ello la hemos colocado como preámbulo al cuerpo central de esta selección.

La relación de siete poetas suicidas que da motivo y cuerpo a este trabajo se inicia con un matancero, Hugo Ania Mercier, quien además de esposo de la poeta Carilda Oliver Labra durante un tiempo, fuera un conocido poeta en la ciudad de Matanzas y que consumó al menos otros dos intentos de suicidio antes de su acto final.

Declarada en el siglo XIX la Atenas de Cuba, la ciudad debe su nombre a un hecho de sangre ocurrido durante los albores de la conquista, cuando los indígenas que allí vivían dieron muerte a los españoles que pretendían atravesar la bahía en sus embarcaciones. De esa misma época iniciática es la leyenda del Yumurí, un paradisíaco valle que la circunda en parte, donde se cuenta que numerosos indios se arrojaban desde sus despeñaderos para escapar de la esclavitud por la vía del suicidio, pregonando a gritos su muerte y dando origen al nombre. Allí escribió Gabriel de la Concepción Valdés su estremecedora Plegaria a Dios, mientras esperaba su fusilamiento por cargos de conspiración contra la metrópoli. En sus viejas calles y sombríos caserones de la época colonial, vivió hasta morir inmerso en la locura, el genial José Jacinto Milanés. También allí escribió sus versos un Bonifacio Byrne que tuvo que marchar al exilio tras protestar contra el fusilamiento de Domingo Goicuría en sus versos. Méritos suficientes -junto a muchos otros no mencionados- para que la ciudad sea asociada por sus apologistas con la muerte, la locura y la poesía.

Precisamente otro de los poetas incluidos es Luis Marimón Tápanes, que aunque nació en La Habana vivió la mayor parte de su vida en Matanzas y es considerado, aún hoy, uno de los más notables poetas de la ciudad, que no son pocos. Aunque la muerte de Marimón, que ocurre, como la de tantos otros poetas cubanos, fuera de la Isla, no haya sido certificada -al menos desde el punto de vista legal- como un suicidio, hemos optado por incluirlo acá por considerar que su vida toda fue un desafío constante a la muerte, un juego interminable con la vida que, bien lo sabía el poeta, iba finalmente a resolverse de la única manera posible. En Marimón más visiblemente que en otros, están dadas todas las características cósmicas y tanáticas que se le achacan a la ciudad y a sus poetas. En al menos dos ocasiones el bohemio Marimón intentó terminar con su vida, una de ellas de forma aparatosa, cortándose las venas. Su aceptación de la muerte como estación de paso -característica recurrente en la mayoría de los poetas suicidas- es evidente en muchos de sus poemas, especialmente en los más logrados. Por todo ello somos de la opinión- al igual que algunos otros escritores que le conocieron- que su fatal apuesta de ingerir hasta el fondo una botella de whisky para ganar una competencia en un casino de Las Vegas, fue un acto de suicidio, que premeditado o no, estuvo siempre dentro de sus expectativas.

El resto de los poetas no es menos representativo de las tendencias históricas. Uno de ellos, Eddy Campa, autor de uno de los más desgarradores textos de la poesía de los últimos años -Memorial Park- reedita en pleno siglo XX y en una ciudad como Miami la desaparición de El Cucalambé, lo que nos muestra una vez más la repetición cíclica de la historia.

La relación entre poesía y suicidio, entre el exilio y la muerte, entre cultura y política, es todavía más evidente al profundizar en la vida y obra de Reinaldo Arenas, una de las grandes figuras de la literatura cubana después de 1959. Las premoniciones y los indicios advisores de una muerte temprana, violenta o de propia mano, son frecuentes y fácilmente rastreables en la obra de los poetas de todas las latitudes, sin embargo en Arenas adquiere una particular intensidad a la que no podemos sustraernos: en uno de sus escasos momentos de gloria en su tierra natal, él sentenció -en la Universidad de La Habana- que nuestra América, como le llamara Martí, no es sólo un continente controversial ni un tercer mundo, sino un mundo distinto dominado por dos fuerzas: la magia y la persecución. Un mundo donde el tiempo y lo real están prefigurados por el mito y el ritmo, por la intuición y no la razón, en sus propias palabras.  En un artículo de hace algunos años agregamos:

Este distinto tiempo americano exige que el héroe sea el  poeta que vive perseguido. Se convierte así la poesía en la más  alta expresión de la libertad y adquiere coherencia el discurrir  poético y político de Martí, artificiosamente fraccionado por los biógrafos (Lizaso, Mañach, Don Ezequiel) y los críticos literarios (Vitier, Manuel Pedro, Schulman) que nos proponen  bien un héroe que sacrifica la poesía en aras de la política, bien una imagen poética del mundo en que se inscribe su acción pública.

En nadie, como en la infeliz vida de Reinaldo Arenas, llena de cumbres y abismos, se pone mejor de manifiesto la persecución y el mito, el sexo, la política, la muerte. Incluso en otros suicidas aquí estudiados se repiten, aunque desdibujadas, las características de las fuerzas enunciadas por Arenas.

Poco después de Arenas se suicida en la Isla, Raúl Hernández Novás, sin duda alguna el más destacado de los poetas cubanos de su generación. Si en el caso del autor de Antes que anochezca  su condición homosexual fue la causa detonadora de su castigo y persecución en lo político y lo social, Hernández Novás fue constantemente perseguido por otras entidades más incorpóreas: los fantasmas de su desequilibrio psicológico. Su retraimiento, su convicción de que vivía una existencia no merecida y la privación -por la desaparición física de ella- del afecto de su madre, lo llevaron a la drástica decisión reiterada una y otra vez: cuatro veces debió apretar el disparador de un viejo revólver casi inutilizable para que finalmente una bala terminara con su vida.

Otro de los suicidas, que podríamos inscribir no sólo entre la élite oficialmente reconocida de la poesía cubana, sino por derecho propio entre lo más notable de la poesía cubana de dentro y fuera de la Isla, fue Angel Escobar. Vivió unos cortos años en Santiago de Chile antes de suicidarse poco después de su regreso a La Habana. También perseguido por sus demonios -propios y ajenos-, entre ellos un creciente desequilibrio mental, se lanza al vacío desde su apartamento en el Vedado. Mucho se especula todavía sobre las causas últimas de su decisión, que preferimos obviar, pero en sus textos puede apreciarse el doloroso vía crucis que provoca un estruendoso in crescendo en sus imágenes y pensamientos. El título de una antología póstuma de su obra, publicada por la Editorial Betania que dirige el poeta Felipe Lázaro, está tomado de sus escritos y es sumamente ilustrativo: Duele ser dos sombras.

Juan Francisco Pulido, otro joven que se suicida tras abandonar la Isla, cierra el ciclo en la misma cuerda de un Arenas y de un Calvert Casey.

No hemos querido incluir en el cuerpo principal de este trabajo dos figuras sin embargo emblemáticas del suicidio en la literatura cubana después de 1959: el ya mencionado Calvert Casey y uno de los escritores que marcara con su particular obra más de un hito en la narrativa cubana, Oscar Collazo. La reticencia que ha determinado esto es que no podríamos, en puridad, considerar poetas a ambos, a pesar de que Casey escribió algunos poemas -especialmente conocido uno de ellos, A un viandante de  2778- y que la prosa fantástica de Collazo está a mitad de camino entre la narrativa y la poesía. Por ello preferimos apartarlos del resto, poetas más clásicos, pero no dejar de mencionarlos. El primero -Casey- destaca por su intensa y atribulada trayectoria, por su canto prometéico a los sentimientos que en él despierta su homosexualidad y en el segundo -Collazo- llama hondamente la atención la forma escogida para poner fin a su vida: clavándose una aguja en el pecho, a la usanza de algunos suicidas de siglos anteriores y sus últimos años, marcados por el alcoholismo.

De algunos poetas poco conocidos, ya olvidados, quedan tan pocas huellas que apenas si alcanzamos a mencionarlos, como Jesús Manuel Suárez Estrada, autor de al menos un cuaderno publicado que se ahorcó de un árbol en pleno Parque Lenin de La Habana. Tampoco hemos considerado otros casos en que los poetas han muerto por causas violentas pero ajenas a su voluntad o en que los suicidas, a pesar de tener una estrecha relación con la poesía, no pueden ser considerados poetas en puridad, como es el caso de Haydeé Santamaría, que se suicidó con arma de fuego y tuvo una notable influencia (por su labor como funcionaria de la cultura) en los poetas, escritores y artistas en general de la época.

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