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Arique,Revista de poesía
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El Bello País de la Muerte El suicidio en la época moderna y su relación con la poesía parece iniciarse con el envenenamiento de Chatterton en 1770. Poetas como Keats, Coleridge y Shelley, entre otros, le cantaron a la muerte del joven cuando en la cultura occidental el acto suicida era considerado moralmente reprobable. Su representación literaria es el personaje de Werther en la famosa novela de Goethe. La poesía, aunque no ha podido evitar hasta el día de hoy la sanción impuesta a los suicidas por la religión cristiana, ha elevado el suicidio a una categoría artística -y mitológica- casi sublime. Llama la atención, por lo que de inextricable tiene a veces la razón -¿o sinrazón?- humana, la determinación irrevocable de los suicidas que les lleva a insistir una y otra vez en el acto. Entre los ejemplos más conocidos está el del poeta griego Costas Cariotakis, que tras un fracasado intento de ahogarse en el Mediterráneo (1928), se cambia de ropa, desayuna... y se dispara en el pecho. O el de Angel Gavinet que se arroja una y otra vez a las aguas del Duina hasta consumar su anhelo. En Cuba tenemos otros menos conocidos pero igualmente trágicos ejemplos en la insistencia de un Hernández Novás en dispararse varias veces hasta que la bala, finalmente, saliera del viejo revólver para acabar con su vida. O el del matancero Hugo Ania, insistiendo en más de una ocasión en el pasional intento de suicidio a lo largo de los años. Benjamín Prado, en el prólogo a su antología Suicidas (2003) escribe: La incidencia del suicidio entre los escritores y poetas es notablemente mayor que en otras áreas de la sociedad. Las razones que pretenden explicar esta situación van desde los particulares rasgos de la personalidad de los artistas y su estilo de vida, hasta los efectos que su arte –la escritura, la poesía- produce sobre ellos mismos. Aunque las generalizaciones pocas veces muestran la apreciación correcta de una problemática, hay quienes incluso aducen como causales de esos suicidios, el consumo de sustancias como el alcohol y las drogas. Estudios médicos han establecido que la ingestión o inhalación de sustancias tóxicas y las armas de fuego son las vías más utilizadas por los poetas para poner fin a sus días, lo que no difiere mucho de la media general. Los extremos más interesantes son los que establecen que la mayor parte de los suicidios ocurre durante el otoño y el invierno y que en más de la mitad de los casos analizados -67 en total, lo que no es mucho- los creadores se encontraban bajo tratamiento psiquiátrico o tenían antecedentes en ese sentido. Otro aspecto interesante son las constantes y numerosas referencias a la muerte y el suicidio en sus creaciones literarias. En su obra Folklore de las Antillas (1909), que recoge numerosas leyendas aborígenes de antes y después de la llegada de los españoles al nuevo mundo, Florence Jackson Stoddard cuenta que los habitantes de las islas, desde las Bahamas hasta las Antillas, se referían a la mayor de las tierras, Cuba, como El bello país de la muerte. Según cálculos actuales a la llegada de los conquistadores unos 100 mil indígenas, descendientes de la etnia arawaka o caribe, poblaban la mayor de las Antillas. El demógrafo Juan Pérez de la Riva estima que unos 30 mil de ellos se suicidaron en los años siguientes a la ocupación española, lo que representa -casi un 30% de la población- un holocausto inimaginable en nuestros tiempos. La muerte y en particular el suicidio han estado asociados desde el alba de los tiempos con la esencia misma de los cubanos. En Cuba hay ciudades como Matanzas, en la región central de la isla, que debe su nombre a una matanza de españoles cometida por los lugareños en los tiempos de la conquista. O un valle como el Yumurí, así llamado porque de sus alturas se despeñaron cientos de indios escapando de la esclavitud por la puerta del suicidio. Precisamente dos de los siete poetas que presentamos vivieron en Matanzas, al lado del valle. El apelativo de El bello país de la muerte, fue una de las motivaciones que tuvo el profesor e investigador cubano-venezolano nacido en Nueva York, profesor de la cátedra de historia en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, Louis A. Perez, para escribir su ensayo To Die in Cub (2005). Perez refiere como ya en 1854, las primeras estadísticas registradas muestran una muy alta tasa de suicidios entre los negros traídos como esclavos a la isla. Según él los esclavos veían en la muerte autoinfligida una forma no sólo de escapar a la dura vida que llevaban, sino también una manera de vengarse de sus esclavizadores, al hacerles perder su inversión. Un poco en la misma cuerda asumida por los insurrectos al incendiar la ciudad de Bayamo en 1870 antes que entregarla al enemigo. La colonia china que se estableció en Cuba producto de una fuerte corriente inmigratoria que se extendió desde el siglo XIX al XX, también acusó una desusada tasa de suicidio. Datos del censo de 1862 citados por el investigador señalan que la tasa de muerte por esta causa ascendió a la escalofriante cifra de 500 por cada 100 mil habitantes, superando incluso a lo apreciado entre los eslavos africanos. Durante el período llamado dela República por los historiadores -de 1902 a 1959-, las muertes por suicidio fueron estimadas en 30 mil, lo que llamó la atención de especialistas y la prensa de la época, recordemos el trabajo Un pueblo suicida (1931) de Jorge Mañach. Según Rafael Rojas en su ensayo Matarse en Cubala cifra de suicidas en la Isla en medio siglo ascienden a 100 mil y de ellos unos 70 mil se han quitado la vida en los últimos veinticinco años.Mientras que en 1969 se suicidaban 8 de cada 100 mil habitantes, en la década de los ochenta la tasa de suicidios ascendió a más de 20 por cada 100 mil. Cuba pasó a ser entonces la nación con más suicidios percápita del hemisferio occidental. Sólo algunos países nórdicos y del este europeo nos superaban estos índices. En 1996 la Organización Mundial de la Salud ofreció nuevas cifras que indicaban que el país había logrado contener la tendencia al aumento en la tasa de suicidios, fijando los niveles en unas 2 mil muertes por año. Sin embargo las investigadoras Maida Donate y Zoila Macías afirman que realmente el índice estuvo cercano a los 30 suicidios por cada 100 mil habitantes y aportaron además el interesante dato de que la tasa de suicidios entre los cubanos residentes en Miami, Florida, era superior a la de otras comunidades hispanas de Estados Unidos.Guillermo Cabrera Infante en su ensayo Mea Cuba (1993) se refiere extensa e intensamente a los suicidios políticos en la Isla durante el siglo XX. Más recientemente otros escritores como Eliseo Alberto (Dos cubalibres, 2005) nos hablan de artistas y escritores suicidas como los poetas Raúl Hernández Novás y Angel Escobar, los narradores Guillermo Rosales y Miguel Collazo, la pintora Belkis Ayón y la historiadora Raquel Mendieta. A decir de Rafael Rojas en el ensayo que citamos, ese impulso de aniquilación no es atribuible, únicamente, al establecimiento de un orden comunista en el Caribe, sino a una experiencia traumática de la historia y a un ejercicio patológicamente afectivo de la vida social y política. Desde fines del siglo XIX y, sobre todo, desde las primeras décadas del XX, ya los índices de suicidio en Cuba estaban por encima del de la mayoría de los países latinoamericanos (...) Las fantasías occidentales establecen a Cuba como una isla caribeña, con fuertes tradiciones de alegría y comunitarismo, capaces de movilizarse contra la racionalidad moderna. La vocación suicida de los cubanos, sin embargo, describe a una ciudadanía atormentada, incapaz de liberar frustraciones históricas, reacia a superar traumas nacionales y demasiado proclive a la experiencia afectiva de los conflictos políticos. Según una investigación llevada a cabo en Matanzas en 2006 y publicada en la Revista Médica Electrónica, la media de los suicidios en la ciudad de Matanzas en el período 1989-2003, no se diferenció mucho de los patrones internacionales. El equipo médico conformado por Ismary Garrote Rodríguez, Jana Fernández Alfonso, José M. Morales Rigau, Fernando Acebo Figueroa, Fernando Achiong Estupiñán y Berta Bello Rodríguez, llegó a la conclusión que los indicadores eran idénticos a los de otros lugares en cuanto a la estabilidad de la tasa de suicidios, su distribución y por edad y sus tendencias a mediano plazo. El artículo, sin embargo, admite pero no explica la contradicción entre el estudio y la existencia de una alta tasa de suicidios para toda la Isla en el mismo período, tasa situada por la OPS (Organización Panamericana de la Salud) entre 18,8 suicidas por cada mil habitantes -para 1999- y 18,2 por cada mil -para 2001-. Si a ello agregamos que la tasa de homicidios para Cuba en ese período fue de 10,2 por cada mil habitantes -muy baja dentro del contexto latinoamericano-, tendremos que admitir la muy alta incidencia del suicidio en la sociedad cubana. El programa de la OMS (Organización Mundial de la Salud) para combatir el suicidio, establece algunos puntos esenciales: - Tratamiento de las enfermedades mentales Si tomamos en consideración que las dos últimas recomendaciones se cumplen en Cuba con más rigor que en el resto del continente, se hace más difícil la explicación racional y médica del problema. Una cita sobre la investigación que reproducimos en su idioma original se refiere así a un tema que parece colateral, pero que pudiera ser el central: Tudo relativo a Cuba se transforma rapidamente em um problema político e o suicídio não é exceção. Em 1996, um relatório da OMS informou que Cuba tinha a taxa mais alta de suicídios da América Latina, o suficiente para provocar ampla polêmica sobre a qüestão. Um dado importante nas mãos dos inimigos do regime que foi usado por eles em muitos artigos de cunho jornalístico. A cifra de 2.015 cubanos que se suicidaram naquele ano foi repetida em diversos trabalhos. O estudo de Garrote Rodríguez e equipe sobre a província de Matanzas é uma entre algumas tentativas de recuperar a temática para a área científica, subtraíndo-a da baixa politicalha, pró ou contra. A la pregunta ¿Qué influencia han tenido las condiciones sociopolíticas bajo el régimen de Fidel Castro (en relación con la alta tasa de suicidio, N. de RTL)?, hecha por periodistas deEl Nuevo Herald, el profesor Louis A. Perez, responde: Atribuir estas cifras a causas solamente políticas es una simplificación tendenciosamente política. Está claro que la desesperación y la falta de alternativas juegan su rol. Pero otras sociedades tienen también esos factores contenidos y no experimentan la disposición al suicidio de los cubanos. Por ejemplo, los mexicanos se comportan en sentido opuesto. El homicidio es un fenómeno mexicano, no así el suicidio. Es lógico que las estadísticas se hayan disparado en los años más severos de la crisis económica del período especial, en los años 90. Algo similar ocurrió durante el crack de 1929, que disparó las cifras de suicidios en toda la isla. La situación se reproduce con índices similares entre la comunidad exiliada. Los cubanos de Miami-Dade tienen una tasa de suicidios muy superior (era de 14.6 en 1981) a la de otras comunidades hispanas. Las vías para el suicidio en la isla son particulares. La mayoría de los suicidas del género femenino lo hacen mediante el fuego, incendiándose con cualquier material inflamable, lo que no es muy común en el entorno occidental; también acuden al desangramiento mediante cortes en las venas, aunque esta práctica es cada vez menos usada, quizás por la relativa facilidad conque puede ser abortado el intento suicida. Los hombres en cambio, recurren mayoritariamente al ahorcamiento. La ingestión se sustancias tóxicas o el arrojarse desde alturas son utilizadas indistintamente por ambos géneros. La muerte por arma de fuego es menos vista, probablemente por el férreo control existente sobre esos medios. El suicidio por ahogamiento, a pesar de tratarse de una isla, no está muy extendido. La frecuencia de intentos de suicidio o suicidio consumado entre los poetas es muy elevada. Se ha aducido diversas explicaciones para ello, como la alta incidencia de depresión, la gran frecuencia de rasgos anómalos de personalidad, la concurrencia de consumo de sustancias, el estilo de vida bohemio, o los efectos de la propia poesía sobre el estado anímico de los poetas. Steven Stack, en Journal of Aging Studies (1990), un trabajo dedicado al análisis del suicidio entre conocidos poetas de todo el mundo, escribe: Los métodos de suicidio más utilizados son la intoxicación por sustancias y las armas de fuego, aunque en conjunto los métodos traumáticos superan a los tóxicos. La época del año predominante es otoño-invierno. Las referencias en su obra a la muerte y el suicidio son constantes, y casi siempre próximas a la fecha del suicidio, anunciándolo en muchas ocasiones. Más del 50 % tenían antecedentes psiquiátricos o estaban en tratamiento. En la mayoría es posible encontrar indicios sugestivos de trastornos de personalidad. El riesgo de morir por suicidio en los poetas es muy elevado; los problemas de personalidad, la comorbilidad psiquiátrica, la dedicación obsesiva a la poesía y la época invernal, son factores asociados con dicho riesgo. Este proceso depresivo y autodestructor, motivo muchas veces de su genialidad artística, también hizo de sus vidas un infierno. Muchos poetas probaron los límites de la vida hasta cotas peligrosas. Les quedaba el consuelo de la literatura, y dejaron aquella desesperación impresa en un papel, legando poemas magníficos. Poesía alimentándose de su autodestrucción y autodestrucción alimentándose de poesía. Es una maldición menos hermosa, merece menos la pena. El poeta maldito es el fusilado, el pobre, el exiliado, el torturado, el encarcelado, el suicida. Nos queda exhumar sus cuerpos metamorfoseados en poemas y escuchar su voz, siempre viva, regalarles nuestra presencia, que nunca llega tarde. Perecieron en el intento, se cortaron con el canto del papel, con el filo de la poesía, pero son inmortales. |
Arique |
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