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Arique,Revista de poesía
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| Cuento Ensayo |
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| Poesía Los puentes rotos |
De la desesperanza
y otros poemas |
Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra |
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![]() Condotiero Jorge L. Díaz |
El sistema Yo había trabajado en él hacía años, pero por lo limitado de mis actividades no había llegado a desentrañar de qué se trataba; mi cargo estaba relacionado con cuestiones de aseguramiento y responsabilidades en el funcionamiento continuo y garantizado de su compleja estructura burocrática. Ese día yo estaba allí, cerca de la entrada principal del sistema, con sus puertas de cristales polarizados y el amplio y multipropósito vestíbulo donde había unos estantes y mesitas con libros y revistas de literatura llamativos, bien impresos, destinados a la venta. Tal vez era una feria, un festival o algo así. Acá se venden esas cosas u otras parecidas o inimaginables en cualquier lugar, esté o no relacionado con el giro, para recaudar fondos o para que los empleados y visitantes dejen allí parte de los salarios aliviándose el estrés. Como casi era hora de abrir las puertas al público, pensé que podía esperar para comprar algo que me resultara interesante( dinero invertido en libros o revistas siempre está bien invertido, aunque sea para valorar cuánta porquería se publica en el mundo).Y hasta pensé en la casualidad de que mi padre era precisamente quien iba a vender las publicaciones, ya que estaba cubriendo una contrata en el sistema, un trabajo ocasional. Él es jubilado y necesita reforzar su economía.Me dije: bueno, cuando llegue el viejo tengo mis compras aseguradas, soy una gente disciplinada, no voy a violar el orden establecido.Y me puse a revisar los estantes. Cuando llega la jefa de aquello caigo en la cuenta que ya mi viejo no estaba trabajando allí, siempre pensé que no iba a durar mucho, la que iba a vender los libros era ella. Pero antes había una reunión, de esas llamadas consejillos que acostumbraban hacer en tantos lugares. Se sentó en el recibidor, ante una mesa de cristal y empezó la reunión con una enorme cantidad de funcionarios más. Aquello se fue llenando de ahora para luego, la jefa presidía con aires de persona importante y el vestíbulo ya estaba lleno, por lo que decidí dejar el asunto de la compra de los libros para otra ocasión. Salí pidiendo permiso y tropezando con las piernas de los que estaban sentados. Pasé para la parte de atrás del sistema a través de un pasillo largo y ancho de piso de cemento, vasto como un pedraplén. Por allí pasaban los funcionarios y empleados que iban hacia atrás y me saludaban. El pasillo discurría en dos niveles pero decidí irme por el de abajo; aunque no pude avanzar mucho: a la entrada de una especie de taller una hilera de duchas atomizaba desde el techo finos hilillos de aceite, aceite vegetal, comestible y de buena calidad como el que se vende en las shoopings. Una cortina de aceite continuamente cayendo a la entrada y a la salida de aquella amplia nave. Pregunté a unos obreros que andaban por allí para qué es esto? y me dijeron es la planta de aceite, aquí se fabrica el aceite y yo "?" y ellos estas horcas caudinas son para que nadie pueda robarse el aceite, si entramos a robar se nos embarran las ropas. No sé si para usted parecerá extraño, pero para mí no era nada del otro mundo, acá se roba de todo con lo que usted trabaje.Por supuesto, no pude entrar aunque necesitaba aceite para la comida de mi hija; tampoco podían hacerlo los obreros, para eso eran las efectivas duchas de miles de finos hilillos. No me quedó más remedio que subir al pasillo superior para seguir adelante, a donde yo iba, aunque no estaba muy claro qué era lo que quería.Y atravesé alguna que otra oficina y las secretarias me miraban con recelo y mala cara, pero en definitiva me dejaban pasar porque era conocido, aunque tanto ellas como yo sabíamos que estaba prohibido pasar por allí, que había que hacerlo a través de los corredores.Al fin desemboqué en la parte de atrás del sistema, donde yo nunca había estado. ¡Qué hermosura! Un verdadero alarde arquitectónico de funcionalidad y estética esa otra parte - ¿o era la parte de alante? - amplia, ventilada, algo así como un hall con una fuente de agua coloreada en el centro, abundante vegetación y aves de colores, con pasarelas de aluminio que descendían hasta la calle en cómodas escaleras por donde paseaban las cotorras.Pero unas escaleras eran para bajar y otras sólo para subir.Tomé la escalera equivocada y la gente me decía que no, que para bajar tenía que hacerlo por la otra y entonces volví a subir lo que ya había bajado, hasta llegar de nuevo a la terraza con la fuente.Pero no bajé más , me fui a la oficina del jefe de la seguridad, o sea el responsable de los custodios, un viejo conocido que había trabajado bajo mis órdenes, poco antes del nacimiento de mi hija. Me recibió fríamente, como era su deber, pero me dejó entrar; una oficina con amplios y mullidos butacones y un televisor. El jefe se fue a descansar en el diván de una habitación contigua.Estaba agotado por la tremenda responsabilidad de su trabajo: garantizar la seguridad del sistema, no era tarea fácil. Por el televisor pasaban una película latinoamericana de suspenso, una rara avis del nuevo cine. Me acomodé en la butaca, me quité los zapatos y me puse a ver la película.El asesino aparecía casi todo el tiempo en un primer plano contando cómo iba a llevar a cabo el asesinato, desarrollando el suspenso que iba in crescendo: aunque latinoamericana tenía subtítulos en español (!) y el director - usted sabe como es el cine de nuestros países, muy imaginativo, sorprendente, iconoclasta - acudía al recurso de una mano en la parte inferior de la pantalla para escribir las palabras, las frases macabras. Aumentaba la tensión y el avance hacia lo que se perfilaba un final terrible.La pantalla adquiría tonos cada vez más tétricos, el primer plano era cada vez más detallado y cercano, la cara del asesino era ya más que una silueta y yo quería regresar al vestíbulo para escapar de aquello, pero estaba trabado tratando de ponerme los zapatos.En eso sale el jefe de la seguridad de la otra habitación ajustándose la pistola al cinto y me dice ¡vamos! y yo luchando con los zapatos y los cordones y la pantalla del televisor ya casi negra con los dientes del asesino llenando todo el cuadro y la mano trazando las sangrantes palabras. Y desde otra habitación escucho la voz de mi hija que grita ayúdame ¡que ya me comieron la mitad...! ¡El sistema estaba devorando a mi hija en la habitación contigua ! |
Arique |
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