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El siete

Un centro de reclusión, quizás una cárcel, un reformatorio, un campamento de trabajo o algo así. Allí están los confinados inmersos en su pan de cada día, ácimo desde los tiempos bíblicos. En el pasillo, delante de los baños, una mujer -hay presos hombres y mujeres juntos, al parecer el sexo no importa en esta historia- que evidentemente pertenece a los grupos de derechos humanos, está haciendo su labor. Conversa con alguien, le exige algo, trata de convencerlo. Luego viene hacia el aula (porque hay una, aún en un campo de concentración hay un aula, debe haber un aula, es la falacia del hombre) e intercambia con otro recluso los cuadernos que ambos llevan en la smanos. Me doy cuenta que en los cuadernos se están pasando informes, denuncias, que hay una complicidad implícita, si no manifiesta, en las escrituras que deben contener.

La penitenciaría, el reclusorio, lo que fuere, está en un edificio alto. Abajo, en un pórtico formado por columnas que es lugar abierto, público, pasan personas absortas en sus problemas ignorando que arriba no hay oficinas sino hombres y mujeres encerrados. Ha terminado la jornada, es hora de salir. Puede que a comer o descansar, pero no hay comida, ni habrá descanso. Para marcharse la mayoría se dirige a los ascensores, yo vacilo entre los ascensores y las escaleras. Con disimulo, para que nadie se percate de mi acción, retiro la llave y la escondo, la deslizo en mis bolsillos pensando en valerme de ella para escapar, pero en otra oportunidad, no ahora, cuando no es el momento. Bajo los escalones y paso sin apresurarme por los pasillos de lo que ahora toma aires más bien de una estación policial: hay personas haciendo declaraciones, gente llevando carpetas, archivos de expedientes, un detector de mentiras: un policía que te mira fijamente diciéndote que no te cree nada, o que no eres nada. Lento, camino. Me quiero apresurar y sólo consigo demorarme más. Algunos me miran, otros hablan en voz baja y señalan. Se han percatado de la pérdida de la llave y me acusan de ello, soy sospechoso. Los ignoro, pongo cara de inocente y sigo adelante.

Las afueras del edificio. Grandes extensiones de áreas verdes, parques que por descuidados parecen campos abandonados y luego, cada vez más, van tomando apariencia de lugar rústico, inhóspito, salvaje. La yerba y la maleza son altas. Ahora somos un grupo que se mueve sigiloso entre manglares y enredaderas por pequeños trillos hacia lo que puede ser un almacén, un polvorín, una estación de bombeo u otra construcción  auxiliar. En derredor la yerba está recién cortada, afuera hay un camión.  Sobre su cama descansa un recluso. Está tirado sobre unos bultos tapados con lonas y hace como que dormita. Hablamos con él: buscamos comida. Los que me acompañan saben que allí hay alimentos que se pasan de contrabando, aunque las apariencias engañen: al parecer hay que esconderse, todo tráfico o comercio debe estar oculto, enmascarado bajo una apariencia engañosa, ofreciendo una imagen distinta de su verdadera naturaleza o intenciones. Y todos manejan ese código secreto menos yo, que apenas lo intuyo. Se frece dinero. Como quien no quiere las cosas el recluso del camión busca en los bultos y se efectúa el cambio. Compramos algunas golosinas que guardamos. Debemos regresar.

Advertimos en lontananza la salida de los destacamentos de vigilancia. A determinadas horas parten pelotones de guardias armados a recorrer el perímetro del campamento. Se ven a lo lejos, en el horizonte, como forman filas al pie de las torres blindadas de los centinelas y luego parten en largas hileras, se despliegan en zafarrancho de combate, revisando cada maleza, cada arbusto, cada piedra, cada lugar donde pueda esconderse un hombre. Así recorren todo lo largo de la alambrada por caminos que sólo ellos conocen. Nos detenemos. Observamos espantados todo aquello. Alguien me dice que baje la cabeza, que me agache para que no me divisen. Todos hacen lo mismo. Ya está anocheciendo, en breve tiempo habrá caído la noche y entonces podremos continuar. Esperamos. La oscuridad va llenando todo el cuadro. No han podido vernos. Las órdenes, las imprecaciones, el ruido del despliegue se va perdiendo en la lejanía.

Estamos de regreso por la zona de servicios. Locales muy iluminados, con mucho color, rótulos comerciales, propaganda, personas de uniforme delante de felices cajas registradoras. Se ofrece todo tipo de servicio. Venta de artículos innecesarios. Venta de artículos de primera necesidad. Easy shooping. Alimentos para perros y para personas. Barbería. Lavandería. Film processing. Sexo. Cruceros políticos. Trabajo social. Special services for office affairs. Literatura comprometida o sin compromiso. Todo, lo imaginable y lo no imaginado, por dólares americanos. Y en el código secreto del juego, en lo que intuyo pero no comprendo, me percato que el fin último, el objetivo de ese despliegue, absurdo en un reformatorio, es sacarle a los allí reunidos los dólares que puedan tener. Cómo los tienen, cómo los obtienen, no parece preocuparle a nadie, como tampoco parece precouparle a nadie el hablar un lenguaje que nadie sabe, o que las cosas aparenten lo que no son, o que todo sea un juego mortal, tan normal como la muerte pero tan anormal como aceptarlo con fatalismo. Quizás César levantando la mano y los estúpidos gladiadores esperando la decisión, inconsecuentemente, en la arena, sonriendo, para que el circo continúe limpiamente, organizado -¿invisible? ¿desapercibido?-, hasta que el césar baje o no su dedo gordo decretando la muerte. Pero sí se saben las reglas para mí ocultas: alguien habla en voz baja con una empleada de uniforme que se dedica a vender cosméticos. Escucho como ella responde que ha salido el siete: se dedica a otra cosa pero está al tanto, ofrece información,sobre la lotería, sobre el juego prohibido, forma parte de la inmensa red oculta, sibterránea, que sobrevive tras las fachadas, tras las sonrisas despistadas. Alguno de nosotros no puede contener una exclamación, ¡coño, tenía que ser el siete, mierda! Porque el siete significa culo o mierda en la charada. Nada más que hacer; nos marchamos, no tenemos dólares, quizás las tiendas no vendan nada, pero son parte del juego, del decorado, del drama... y nosotros, que secretamente jugamos al prohibido, ya sabemos que acaba de salir el siete.

Y volvemos a la primera escena del primer acto. El local al final, a un lado el aula, al otro el pasillo de los derechos humanos frente a los baños. Por ahí estamos. Y hay un instructor, un comisario, un jefe en fin, controlando todo. Está molesto, sabe -es parte de la trama-, que los presos ocultan cosas, que juegan sucio, y él intenta saberlo todo, detener lo imposible. Da órdenes porque tiene poder y puede hacerlas cumplir. Todos desnudos. Requisa. Y todos lo aceptan.

Desnudos. Requisa. Pero siguen ocultándolo todo, ocultan cientos de deseos, de objetos oscuros, de códigos indescifrables, de máscaras que nunca se quitan y se aferran a la piel, sobre las que resbalan las órdenes, el poder, el agua. Sólo el tiempo las corroe acentuando sus surcos, tupiendo sus porosidades, limando las aristas nobles. Y yo voy entrando. Y no sé si ocultar la llave o el papelito con el número siete. Ni cuál ocultar primero, ni cuál desechar en caso de necesidad. Ni dónde ocultarlo: estoy desnudo.

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