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Arique,Revista de poesía
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| Cuento Ensayo |
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| Poesía Los puentes rotos |
De la desesperanza
y otros poemas |
Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra |
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![]() Jonás Savimbi |
El kwacha El monte a ambos lados da una sensación de opresión en el pecho. El polvo y el calor agotan a los soldados. Con los fusiles en las rodillas, los cascos quitados y las bocas resecas, van sobre la cama del vehículo concentrados en sí mismos, incapaces de proyectar sus pensamientos al exterior. En mucho tiempo ningún vehículo ha pasado por estos lugares. El camión de fabricación rusa avanza a tumbos como si en vez de ruedas tuviera desiguales patas. Las ramas de los árboles que cierran el camino a latigazos, restallan por todos lados, desgarran uniformes y dejan surcos sobre la piel. Un negro alto sacude de repente la cabeza como si acabase de entender la situación. Mira con extrañeza a los demás por unos segundos; luego su expresión se relaja y se inclina buscando la cantimplora. Con manos que tiemblan se echa un trago. Frente a él, con la cabeza hundida en las rodillas, un joven de veinte años, flaco y tostado por el sol, se bambolea al compás de los saltos del camión. El negro le toca un hombro con el recipiente, el joven levanta la cabeza y lo mira, interrogante. - ¿Qué coño vas a tomar cuando se te acabe? El flaco bebe sólo un trago y la devuelve con gesto de quien no quiere las cosas. - ¿Hasta cuándo vamos a estar dando rueda? Yo creo que el comemierda del jefe no sabe ni a dónde va... Ahora el negro sonríe mostrando los dientes. - ¡Tú lo que estás mariconeao, mi socio! A cien metros delante apenas se distingue el blindado de la exploración sobre el mínimo sendero. Tras el BRDM los dos camiones con sesenta hombres, el blindado del Jefe de la columna y dos blindados más que arrastran sendos morteros calibre 85. Unos minutos más de camino y las chozas del quimbo aparecen en medio de un claro del monte. La radio, un equipo de comunicación en cada vehículo que hasta ahora no ha traído más que zumbidos y estática, se llena de nervios y voces: ¡León, León, aquí Aguila! ¡Hay un quimbo enfrente pero el camino está cerrado! Repito ¡cerrado! ¡Hay troncos atravesados! Pausa. ¡León para Aguila, copiado! ¡A todas las unidades: detenerse! Repito, todas las unidades ¡detenerse! De pronto una explosión seguida del tableteo de ametralladoras y armas automáticas. El negro del camión se incorpora sorprendido... - ¡Coño! ¡Nos están tirando! El joven aprieta el AKM mientras mira alrededor. En segundos la modorra que se cernía sobre el paisaje se convierte en vertigionosa sucesión de imágenes. ¡León! ¡León! ¡Esto es una emboscada! ¡Nos están tirando con morteros! Los soldados de los camiones saltan al borde del camino. Las balas silban sobre las cabezas. La ametralladora del blindado de exploración abre fuego; sus balas de 12,7 mm tronchan ramas y árboles a la orilla y más allá del sendero. El BRDM maniobra para retroceder. ¡Aguila, retirada! ¡Aguila, retirada! La confusión en la columna es apocalíptica. Las ráfagas van en aumento. Los soldados parapetados en los bordes del camino no quitan la vista del bosque. Los camiones retroceden. Los tenientes a cargo de los pelotones no saben si cumplir o no la orden de retirada, ni tampoco están seguros si va dirigida o no a ellos. Apenas un cuadro se dibuja otras imágenes llegan y borran las anteriores. ¡La orden de retirada es sólo para la exploración! ¡La infantería: desplegarse! ¡Emplazar los morteros! grita el radista, olvidando los indicativos de las unidades... Pero el enemigo es un grupo de negros descalzos, sin radioescuchas. Las escuadras de la infantería se despliegan en línea ofensiva. Ya está claro que los disparos provienen únicamente del monte delante de la columna. La caravana no está rodeada. Los artilleros emplazan los morteros y se preparan para el tiro a corta distancia. Sánchez, el negro de la cantimplora, permanece tendido sobre la yerba. En la confusión del despliegue ha quedado tendido a su lado uno de los guías angolanos; nacido en Porto Amboin, cientos de kilómetros más al norte de este paraje, en las selvas de Cuando Cubango, el angolano aprieta nerviosamente su G-3 sin seguro. Las primeras granadas de mortero les pasan por encima para caer dedenas de metros más allá. Luego de algunas descargas los soldados reciben la orden de avanzar. Ya no se escuchan los disparos del enemigo, sólo el martilleo de la DT del blindado y uno que otro disparo aislado que un soldado nervioso lanza a la espesura. La escuadra de Sánchez, compuesta en su mayoría de reclutas se despliega sin orden. Unos se adelantan y otros quedan rezagados. Los más llevan el dedo en el disparador y ponen en peligro a sus compañeros. Bajo los árboles el humo de los morteros lo inunda todo y aún no se disipa. Las bombas han abierto embudos, han destrozado ramas y hasta árboles enteros han sido arrancados de raíz por las explosiones. Doscientos metros y se ve un rastro de sangre sobre la yerba; luego una bota desgarrada, un abrigo agujereado, un cargador de fusil vacío. A doscientos cincuenta está, todavía apoyado a un tronco, un lanzacohetes LAW-2 con su granada activada. De improviso el guía rompe en gritos desaforados: en el cráter de una explosión tres cuerpos ensangrentados sobre la tierra removida, uno más cerca, los otros más alejados. Sánchez se echa a correr sobre ellos con el AKM en ristre. Un cuerpo se contorsiona mientras grita en una mezcla de español y portugués: - ¡Nâo me mate, camarada, nâo me mate! Sánchez lo encañona y grita a su vez. El joven que estaba sentado frente a él en la cama del camión se acerca con la mochila de primeros auxilios... Una hora después todo ha concluído sin saberse de quién ha sido la victoria. La emboscada no causó bajas a la columna cubana, en tanto tres guerrilleros resultaron muertos o heridos y abandonados a su suerte. Pero la columna se ha visto frenada en su avance hacia la base de los rebeldes. De los tres hombres capturados uno es cadáver, otro está herido grave y el tercero sólo levemente. Este último ha sido llevado ante El inteligente que realiza los primeros interrogatorios. El herido grave, junto al muerto, yace sobre la cama del camión, rodeado de reclutas que se acercan para saber cómo es un enemigo, por respeto o por miedo. Sobre las tablas del piso se mezclan la sangre del vivo y del muerto formando coágulos negros. Las moscas y los abejorros zumban y sobrevuelan los fluídos, el sudor y el rancio olor a animal con miedo. Los cuerpos de negros y blancos, vivos y muertos, apestan bajo el sol africano. El herido tiene las piernas destrozadas y esquirlas de acero en el pecho. El sanitario le lava los desgarrones con el agua de las cantimploras que le van alcanzando. Le da vuelta al negro para quitarle la camisa y no puede contener los deseos de vomitar: la espalda es un colador, con decenas de pequeños huecos diabólicamente similares, redondos y limpios. Desiste de su empeño y lo vuelve a dejar tendido boca arriba. El negro le sonríe, como agradeciendo sus atenciones o burlándose de su compasión, con sus blancos dientes de animal. Y al sanitario le tiemblan las manos de pensar con horror cómo ese negro casi muerto, mucho más muerto que vivo, sonríe... y tiene los dientes tan blancos entre tanta sangre y miseria. El negro mira con avidez el cigarrillo que fuma Sánchez y éste le hace un gesto ofreciéndole otro. Unas largas bocanadas ayudado por el cubano -tiene alguna movilidad únicamente en la mano izquierda- y el angolano se va relajando. - ¿Tú eres de por aquí? -le pregunta Sánchez entre palabras y gestos. El angolano hace señas como si no entendiera la pregunta. El negro calla unos instantes vacilando entre el temor de ofenderlo y el de no responder sus preguntas. - Mujer, hijos... ¿tienes? -vuelve el cubano. Los ojos del negro intentan comprender qué se espera de él. - Eu sou um soldado ferido, camarada... El angolano calla, pero sigue sonriendo. - ¿Qué tiempo llevas en la mata? Lumumba mira con recelo, como si quisiera creer lo que está oyendo. Y como llegan las palabras a su mente, con lentitud, dice: - E por que nâo van-se embora? Sánchez se aparta un poco. Va a sacar la cantimplora de la funda pero se da cuenta que está vacía. Una cantimplora de agua al día no alacanza para tomar y lavar heridas. Saca del bolsillo una pastilla de sal. Algunos soldados se han retirado a descansar, otros hacen la defensa circular. La columna aún no se pone en marcha. - ¿Qué está pasando, blanquito? ¿Por qué no nos movemos? El ruido de un helicóptero que se acerca a ras de las copas de los árboles interrumpe el diálogo. El sanitario, que ya regresa junto al herido, suspira con alivio. - Negro, ése es el helicóptero de evacuación... Te vamos a llevar a un hospital, te vamos a curar y vas a ir a Cuba... El abejorro metálico ronca acompasadamente suspendido en el aire. El piloto hace señas de que no puede bajar más. Sánchez se queda a solas con el herido y el muerto. El sanitario va hacia el helicóptero. Por una escala de cuerdas suben un oficial y el otro prisionero. El helicóptero, aún con la escala colgando, se pierde tras los árboles. El sanitario regresa con la estampa de quien ha recibido encima, de golpe, la mitad del cielo. Sánchez escupe lo que le queda de pastilla y lo contempla con lástima. El negro casi muerto sonríe con sus blancos dientes. La tarde comienza a caer... Ya entrada la noche regresó la columna a Serpa Pinto sin otra novedad; los temores de Sánchez no se justificaron. El prisionero llegó tan muerto como su compañero: no resistió el viaje de cuatro horas dando tumbos entre el polvo y el frío de la noche. El oficial de la UNITA nombrado Alfredo dio poca información: sólo que el resto de los guerrilleros -en total eran seis- se retiró a través del bosque... en bicicletas. Al terminar la noche, aún de madrugada, los últimos vehículos de las unidades cubanas atraviesan el río Cubango a la altura de Caiundo. Tanques, cañones autopropulsados, baterías antiaéreas, blindados, anfibios y camiones prosiguen su avance hacia el sur. |
Arique |
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