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El hombre que perdió el sueño

Todo buen cuento debe tener su buen exergo.
(Atribuído a Ike Inemak, aunque seguramente apócrifo, como él mismo)

Había perdido el sueño. Dormía como todos, a veces hasta demasiado, pero no podía soñar, ni siquiera el más simple y deshilvanado de los sueños por el más fugaz instante: no soñaba nada, nada.

Sin embargo, nació como todos. Su madre contaba que hasta soñaba más de la cuenta cuando niño y era un iluso, un soñador. Según su historia clínica -esas planillas que preguntan si el gato de la familia ha padecido de sarampión alguna vez o si te ha picado una abeja en la oreja derecha-, padecía de sonambulismo cuando joven y caminaba por los tejados intentando hacer realidad recónditos sueños. Hubo etapas de su vida en que vivía en una especie de ensueño permanente. Lector empedernido visualizaba cada pasaje escrito y lo retocaba a su manera, adaptándole fantasía es introduciéndose él mismo en los relatos; así fue pirata, explorador, detective y mil cosas más; viajó en globo y en submarino no sólo por su amarillo planeta sino también por lejanas galaxias y nebulosas difusas. Soñaba despierto y hasta podía bosquejar esos sueños y elegir circunstancias y personajes.

Quien negara en su presencia la existencia de hadas o elfos se convertía en enemigo.
Con el tiempo(ah, el tiempo...) se fue haciendo una persona normal. Los amores y los desengaños, el trabajo y los sinsabores, la vida en fin, lo fueron ajustando o quizás desajustando, que nunca se sabe, y le hicieron vivir en su ley.

Medianamente inteligente, responsable, fue un aceptable trabajador que al ir ascendiendo en la escala ocupacional y en instrucción, fue perdiendo tranquilidad, oportunidades de ocio e ingenuidad y se hizo adulto. Sus caras ilusiones se convirtieron en fórmulas matemáticas donde las incógnitas (x) sólo servían para ser despejadas (en función de y) o dejaban de ser consideradas. Llegó a ocupar un alto cargo dirigiendo la labor de otros, obtuvo beneficios por su dedicación al trabajo, fue admitido en las filas del Partido y condecorado... pero también fue, imperceptible y sin posibilidad de recuperación, perdiendo el sueño. Todo conspiraba contra él: llegaba cansado a la cama y con tantas preocupaciones que apenas le alcanzaba el tiempo para reponer las energías perdidas. Su mente, por otra parte, se fue independizando y ya no seguía los dictados de su voluntad: ahora soñaba muy poco, cosas inconexas casi siempre, breves como ráfagas: ya no podía cerrar los ojos pensando en qué iría a soñar y mucho menos llegar a soñarlo... de verdad. Ya no soñaba todos los días, si acaso alguna que otra vez a la semana.

Pasaron lentos o rápidos los años, según su estado de ánimo, y al principio no se dio cuenta de cuánto iba cambiando: aún tenía mucho tiempo por vivir, mas cuando se fue acercando al medio siglo se le fue tornando más evidente la situación y comenzó a preocuparse. Pero tampoco hizo nada, hasta que llegó al punto crítico.

Un buen día se quedó parado en mitad de un sueño. Al despertar intentó evocarlo, pero no pudo. Su instinto le decía que no había podido terminar el sueño, que algo había quedado inconcluso. En el transcurso del día intentó recordar detalles, o al menos lo más vago, general; no tuvo éxito. Al llegar esa noche a la cama intentó recontinuarlo -esa facultad de retomar sueños anteriores y darle continuidad con giros inesperados, era uno de sus méritos cuando niño- sin lograrlo. Y un día tras otro se fue agotando en el inútil empeño. Luego intentó, ya no recordar el sueño trunco, sino soñar algo nuevo, cualquier cosa por mínima que fera: tampoco pudo. Entonces hizo crisis. Se desajustó emocionalmente, fue perdiendo las otras cualidades que le quedaban. Se tornó más violento, irritable y crítico hacia los demás. Abandonó el Partido, dejó de trabajar, ya no leía nada ni tampoco iba al cine. Nunca más llenó un formulario ni asistió a una reunión, tampoco veía televisión ni escuchaba noticieros. Acudió a los médicos.

Le hicieron análisis, algunos muy sofisticados, con tecnología de avanzada y otros porque un amigo le resolvió los reactivos que estaban en falta. Se sometió a decenas de tests, análisis psicológicos, pruebas sicométricas, etc. Hasta scaners. Nada. Todo negativo: sencillamente no soñaba. La situación le fue creando un intenso complejo de culpabilidad. Sus familiares más allegados comenzaron a preocuparse. Adelgazó, se fue poniendo cada vez más pálido. Así y todo insistía en soñar algo, cualquier cosa por pequeña que fuese, o retomar su sueño perdido. Se acostaba cada día con la amargura a cuestas, con la angustia de quien espera un milagro que no llega, intentando soñar con los ojos fuertemente apretados... pero se despertaba con el fracaso de cada día. Fue dejando de hacer obligaciones y hasta de preocuparse por su alimentación e higiene para dedicar cada vez más tiempo a dormir.

Un día cualquiera se levantó y aún desnudo, sin asearse, se puso a jugar con las hormigas, como cuando era niño. No comió, no bebió, no atendió a los reclamos de sus allegados; al caer la noche quedó tendido en la cama. Y esa noche soñó como nunca. Retomó el sueño perdido años atrás en el punto exacto y logró llevarlo hasta el final. Soñó además como nunca lo había hecho, visitó lugares increíbles, visiones fantásticas, los más inimaginables giros de la trama, una cascada de luces, sentimientos, sonidos, sensaciones. Sueños agradables que invitaban a no despertar. Retrocedió hasta los felices días de la infancia en que soñaba despierto y despertaba soñando. Llegó a un inefable estado de placidez y epifanía que le hizo eyacular espontáneamente sobre las sábanas en que descansaba... y entonces murió, con una sonrisa inefable, los ojos apretados, bien cerrados.

La autopsia y demás análisis neurológicos no arrojaron ninguna luz sobre su fallecimiento. Nadie supo decir nunca de qué murió. Quizás fue por haber perdido un sueño... y reencontrarlo precisamente el día de su muerte.

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