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Arique,Revista de poesía
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| Poesía Los puentes rotos |
De la desesperanza
y otros poemas |
Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra |
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![]() Soldados cubanos en Angola, 1976 |
El enemigo En julio de 1976 me encontraba junto a otros miles de soldados al sudoeste de Cahama abriendo trincheras, emplazamientos y zanjas de comunicaciones, es decir, cavando la tierra en una línea defensiva que iba desde Oncocua hasta Otchinjau. Eran doce horas diarias, de sol a sol, cavando con picos y palas, un hambre del carajo y el agua racionada en medio de temperaturas de hasta cero grados por las noches y un calor asfixiante por el día. Uno de esos buenos días nos reúnen en formación y un oficial, con su uniforme planchado recién llegado del Estado Mayor pide que den un paso al frente los que estén dispuestos a cumplir misiones de combate en otros lugares. Por salir de allí y dejar atrás el pico y la pala me iba hasta el mismísimo infierno: di dos pasos al frente. De allí nos llevaron a Lubango, donde otro oficial nos dijo: - Ustedes han sido seleccionados (¿?) para reforzar las unidades internacionalistas en Menonge. Van a tener la oportunidad de servir a la Revolución combatiendo al enemigo de los pueblos (sic). Savimbi se encuentra herido y cercado por nuestras fuerzas que ya han capturado a su secretaria particular. Ustedes tendrán la gloria de capturarlo a él y a sus bandidos... Doscientos kilómetros más adelante, en Menonge, otro oficial nos dijo: - Ustedes van a actuar en zonas aún no liberadas. Los bandidos de la UNITA están cercados y a punto de caer en nuestras manos... Pero hay dificultades, compañeros... Tal vez tengamos que arrasar (sic) algún quimbo, tal vez recibamos la orden de cruzar la frontera con Sudáfrica (¡!)... No debemos vacilar. ¡Destruiremos al enemigo! Cincuenta kilómetros más allá, cerca de Caiundo, otro oficial nos dijo: - ¡Luchemos con el valor de siempre frente al enemigo, la UNITA, los mercenarios y los sudafricanos! Si el ejército racista nos hace un disparo, ¡uno sólo! le vamos a responder con todos los hierros... Se dio inicio a la operación y comenzó el avance de las tropas. Saliendo de Menonge a lo largo del río Cubango, ancho y caudaloso, se encuentra, siempre hacia el sur, una serie de pequeñas aldeas o pueblitos sobre las márgenes del río, unidos por kilómetros de malos caminos y puentes destruídos: Caiundo, Savate, Calhira, Cuangar, Calai... En Caiundo nos dejaron un pueblo desierto, fantasma. En Savate no encontramos otra cosa que trincheras y latas de conservas vacías. En Calhira un alijo de fusiles hundido en le río, en Cuangar alimentos aún calientes... pero no encontramos al enemigo. Allí la comunicación y el intercambio fronterizo entre la parte angolana y la sudafricana, se realizaba a través de una balsa de madera atada por cadenas a ambas orillas, atravesando el río en línea recta a unos quinientos metros del poblado. Llegamos allí de madrugada. Tres cubanos para quedarnos. El oficial que nos conducía -no sé por qué sólo hablaba ruso, tenía que servirse de un intérprete-, nos hizo bajar del jeep en la más completa oscuridad y advirtiéndonos que no encendiéramos luz alguna, nos señaló ciertos lugares: - Ahí está la jangada, del lado de allá un emplazamiento sudafricano, a la izquierda el terraplén a Calai y detrás de ustedes nosotros. El objetivo aquí es ofrecer la primera resistencia y avisar de cualquier ataque enemigo. Para ello cuentan con sus fusiles de reglamento y con un equipo de comunicaciones R-105. Nosotros, por supuesto, ni siquiera adivinábamos qué era lo que nos estaba señalando. - Ahí, al lado de ustedes tienen una casamata, organicen la guardia, dos duermen y uno vigila. Cualquier cosa comuniquen por el radio, la clave es Pantera rosa. Yo regreso al Estado Mayor. El jeep se fue tan oscuro y silencioso como había llegado y nos dejó mirándonos unos a otros como tres estúpidos. - ¡Coño! ¡Qué fácil! -rompìó entonces La urraca con su prominente nariz semejante al pico del ave homónima. - Yo-o creo que lo me-e-jor es dor-dormir con las bo-o-tas puestas por si hay que-e co-o-rrer... ¿Y-y-y quién saber ma-a-nejar este a-aparato? -termina el negro Gerardo señalando el radio: ninguno de nosotros había operado nunca un transmisor. - ¡Estamos fritos! No sabemos dónde estamos, ni cómo llamar a mamá si Pepito nos cae a golpes... -dice La urraca- Caballeros, aquí lo que hay que hacer es acostarse a dormir. Los sudafricanos no saben que estamos aquí y los oficiales no van a venir a ver si hacemos la guardia. ¡A dormir hoy y mañana veremos! Cuando abrimos los ojos ya el sol estaba bastante alto y cinco o seis soldados sudafricanos, uniformes carmelitas, sombreros alones y FAL al hombro, vigilaban nuestro sueño desde la otra orilla. El susto que nos causaron les dio risa. Entonces uno de ellos, un rubio alto que hacía por un par de nosotros, empezó a largarnos un discurso en afrikanier. Al final gritó dos o tres veces ¡Kuba, Kuba!... y fue lo único que entendimos. Nos encontrábamos a menos de cien metros del famoso enemigo; en nuestra orilla el terreno era muy bajo y carecía de vegetación, en tanto la ribera sudafricana contaba con fortificaciones, empalizadas de sacos de arena y nidos de ametralladoras. Todo el día lo empleamos en cavar trincheras donde meternos. Estábamos preocupados. Trabajábamos con el fusil al alcance de la mano, temiendo un ataque a cada momento. - Uste-ed verá que-e por la noche esto-o se va-a po-oner malo -repetía Gerardo. Así llegó la segunda noche en el puesto fronterizo. Organizamos la vigilancia y nos acostamos a dormir. - ¡Arriba, coño, que vienen los tanques! Un minuto antes yo dormía profundamente y ahora tengo ante mí la cara de La urraca empujándome. A mi lado, tendido en el piso entre la puerta y mi hamaca, Gerardo se restriega los ojos. - ¡Pero acábense de levantar, cojones, que nos van a joder! Afuera de la casamata hace frío y la noche es muy oscura. Allá al fondo del terraplén se adivina apenas un punto negro. La orilla del río y la jangada permanecen tranquilas, pero no hay tiempo que perder. Lo que sea avanza con rapidez hacia nosotros. No podemos comunicarnos con nuestra gente. ¿Serán los sudafricanos, el enemigo? Se me ocurre algo. - Urraca, ¿dóde está el lanzacohetes? Es un lanzacohetes antitanque de fabriación rusa que tiene una mira infrarroja, o sea, un visor que, activado por una batería, permite ver a larga distancia en la oscuridad. La idea es descubir a través del mismo qué es lo que viene hacia nosotros. La urraca no pierde tiempo, mientras Gerardo y yo montamos los AKM. - ¿Qué ves?¡Habla, coño! Ya la mole negruzca del blindado es apreciable a simple vista. Está apenas a trescientos metros de nosotros y avanza sin luces, pero con un rugido profundo por el centro mismo del ancho terraplén. ¿Vendrán más detrás? ¿Dónde estará la infantería de apoyo? ¿Nos tendrán rodeados? Mientras me hago preguntas que no puedo responder de momento, Gerardo se desespera. -¡Hay que-e pa-a-rarlo, coño, paararlo! -grita y junto a las palabras salen los primeros disparos de su fusil. Las estelas luminosas de las balas trazadoras se pierden en la oscuridad y los casquillos calientes expulsados por el fusil me golpean la cara. Las primeras detonaciones nos dejan sordos y un olor a pólvora y a miedo lo invade todo. Pero el blindado no se detiene, sigue avanzando. Ya está a doscientos metros. Apenas tomo puntería y aprieto yo también el disparador contra la mole que avanza a una velocidad increíble en un vehículo pesado. La urraca, que ha vuelto a entrar en la casamata, regresa con un cohete en la mano. Le activa la espoleta y lo introduce en el tubo lanzacohetes. Me doy cuenta que es la única forma de detener al blindado. Las balas no penetran sus planchas de acero. Y ellos nos quieren asegurar: no disparan todavía, sólo avanzan a la máxima velocidad. Aprieto de nuevo el disparador y esta vez ni aprecio dónde caen las balas, pero sigo disparando. De las posiciones cubanas detrás nuestro sale un disparo hacia lo alto. Es una bengala blanca. El blindado sigue avanzando. A la espectral luz de la bengala divisamos nítidamente al Panhard, es un AML-60 y está a menos de cien metros de nuestro parapeto. La urraca ha terminado de montar el cohete y apunta en su dirección. Una llamarada roja y una sorda explosión nos tiran contra el parapeto: La urraca ha disparado. El pequeño cohete, apenas dos cuartas de largo y cabeza cónica, ha salido a poca altura rumbo al vehículo. Aunque su velocidad es grande, por fracciones de segundos podemos ver su desplazamiento en línea recta al encuentro del Panhard. Otra explosión... y otra aún mayor. El cohete PG-7 ha impactado sobre el blindaje, perforándolo y atravesándolo. Una vez dentro estalla la granada, destruyendo - según la teoría- las fuerzas vivas del enemigo y haciendo explotar por simpatía las municiones y demás explosivos que allí se encuentran. El Panhard ha dado un extraño salto y ha caído sobre un costado con el cañón absurda y trágicamente enterrado en la arena. Luego de las explosiones un gran silencio. Era un blindado, uno solo... y nada más. A los cinco minutos teníamos cientos de gente allí, detrás de nosotros... y avanzamos hasta el vehículo recostado sobre el borde del terraplén, a unos setenta metros del parapeto nuestro... ¿Saben lo que había dentro? Cadáveres claro... Pero... Cuatro hombres, cinco mujeres y dos niños. Sin armas. Sin municiones. No había ni una pistola. Ni un proyectil. ¿Por qué pasan cosas así? ¿De dónde salió ese blindado? ¿Era ése el enemigo? ¿A dónde coño iban? ¡Un blindado, coño, con mujeres y niños, por donde estaba yo! ¿Por qué? |
Arique |
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