Raúl Tápanes López

Arique,Revista de poesía
Libros en PDF
Fotografía

Imágenes de Matanzas,Cuba

Lo más reciente:
Diálogos intemporales sobre el conocimiento humano/ Ensayo
Cuento
Ensayo
Entrevistas
Reseñas
Otros textos
Personales
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba

Poesía
Los puentes rotos
De la desesperanza
y otros poemas
Reiteraciones o peregrino
al borde de la tierra
De las altas ciudades
poemas de miedo y exilio

Chatarra de guerra
Chatarra de guerra

Chivo encaracolado

La columna se pone en marcha. Muy lentos se van desplazando los vehículos cubiertos de polvo, ramas secas y manchones de camuflaje verdeamarillento. Bajan la cuesta todavía con los soldados colgando en racimos de las escotillas, poniéndose los cascos y ajustándose el correaje. Una bengala se eleva desde uno de los cerros y tras arder en el cielo rojizo desciende, iluminándolo todo. Es la señal para la toma de la ciudad. Tanques, blindados y camiones cargados de soldados apresuran la marcha.

A toda velocidad irrumpen en las calles de Lubango. Un grupo avanzado de katangueses, angolanos y cubanos ha entrado ya procediendo a la columna. Se  escuchan tiros, detonaciones aisladas y el bombardeo esporádico desde las sierras que la rodean. La ciudad, que por ahora no es de nadie sino de la guerra, se desangra y autodestruye entre los francotiradores del ELNA, algún suicida que ha decidido vender cara su vida, los irregulares de Caballo loco y los soldados que ya llegan.

En la medialuz del anochecer la ciudad es un cadáver insepulto: las calles desiertas y llenas de basura, escombros, vehículos volcados y cuanta porquería se puede imaginar; fachadas tiroteadas, vidrieras destrozadas, anuncios y cables en el piso y miles de grafitis, consignas, pancartas y propaganda de la UNITA, del FNLA, de Neto, banderas rojiverdes y pasquines de Savimbi con su uniforme verdeolivo. Cruzan disparos los francotiradores atrincherados en edificios altos con los hombre de Caballo loco, que corren por todas partes saqueando y destruyendo. Columnas de humo se elevan en barrios donde arden carros y casas. Las tropas cubanas avanzan hacia los puntos estratégicos: el aeropuerto, el antiguo Cuartel de los portugueses, el palacio de gobierno, la estación de radio. Desde un edificio el francotirador de Holden Roberto está diezmando el acceso al liceo. Sus disparos ribetean las escotillas del primer blindado que entra a la calle. Instintivamente los cubanos agachan las cabezas y se apartan de los visores, pero repuestos de la primera impresión, uno de ellos se prepara a salir por la portezuela trasera.

- ¡Cúbranme, que voy a cogerlo!

El hombre se deja caer sobre el asfalto y rueda hasta los escombros que cubren la acera. Desde el blindado sus compañeros vacían los cargadores sobre el edificio. Pasados unos segundos baja el volumen de fuego. El francotirador vuelve a martillarlos tiro a tiro. Pero ya el hombre de los escombros lo ha localizado y le apunta con cuidado. Un disparo del Lenin y el francotirador cae desde seis pisos de altura por el disparo de otro francotirador.

Un reguero de sesos se esparce al impactar la cabeza en la calle. Unos minutos de espectativa para comprobar si no surgen más disparos. Algunos soldados se acercan al muerto. La cabeza, vaciada por la bala y la caída, permite apreciar como un guante vacío, un rostro afilado con un encaracolado chivo.

Pero la resistencia no es seria. Los comandante de la UNITA y la mayor parte de los guerrilleros han abandonado la ciudad. Los pocos que se han quedado no cuentan con armas pesadas ni elementos antitanques para detener a los soldados regulares. Uno a uno son cazados los que resisten desde alguna azotea o tras una improvisada barricada. Soldados cubanos y gubernamentales entran en la casas y comercios derribando puertas en busca de enemigos y de armas. Los pasquines de Savimbi son arrancados.

La noche sin luna resulta una agonía para los escasos pobladores y los mismos cubanos, que del quemante sol deben pasar a una temperatura de tres o cuatro grados bajo un cielo profundo, iluminado de vez en cuando por las bengalas, los incendios y las balas trazadoras de los soldados del MPLA que recorren las calles saqueando y bebiendo bulunga...

- ¡Alto, coño! ¡Déjennos pasar!

El edificio del hotel está rodeado por cientos de negros que gritan y levantan sus puños, que tiran piedras y blanden cabillas y lanzas. El hombre que grita, un oficial cubano también negro, pugna por abrirse paso acompañado de dos soldados con armas largas.

El grito apenas si es escuchado por la muchedumbre que ya destroza las ventanas y la puerta de cristal. En el lobby dos temblorosos soldados gubernamentales tratan de impedir la entrada a los manifestantes.

- ¡Sánchez, tira al aire!

A la orden del teniente el soldado aprieta el disparador y una larga ráfaga hace lanzarse al piso a unos y dispersarse a otros. Se hace el vacío alrededor de los tres hombres. Logran ingresar al hotel. Pero la multitud no se retira y permanece allí, reanudando sus demostraciones. En el interior se encuentra un colaborador del FNLA que ayudó con sus delaciones al asesinato de tres militantes del MPLA. Los manifestantes exigen que les sea entregado el traidor. Los cubanos quieren sacarlo de allí para llevarlo ante los oficiales de las FAPLA. Los soldados angolanos, ya un poco más repuestos, se dirigen a la gente y mitad en portugués, mitad en limbundo, tratan de explicar que el delator va a ser juzgado posteriormente, que no puede ser matado ahora.

Como la multitud parece más calmada, los cubanos salen con el preso, un hombre de facciones afiladas y chivo encaracolado; el negro muestra los dientes en loq ue quiere ser una sonrisa sarcástica, pero en verdad está tan asustado que su pìel ha adquirido un tinte rojizo. Los cubanos salen del lobby con el oficial al frente; detrás va el llamado Sánchez fusil en mano, luego el detenido y cerrando la marcha el otro soldado, un joven blanco aún barbilampiño.

Los más atrevidos y que más gritan son los niños y las mujeres. Estrechan el acoso sobre los soldados. El oficial, pistola en mano, trata de abrir una brecha entre la compacta masa de manifestantes. Ya traspasa las primeras filas y tras él Sánchez con el chivato a sus espaldas. El soldado joven aún está adentro. De pronto un grito como de fiera que cae. Apenas puesto un pie fuera del hotel la multitud arranca al preso de las manos de los cubanos. El oficial vacía su pistola al aire. Sánchez se vira y apenas alcanza a ver cuando decenas de manos agarran al chivato por un pie y lo arrastran. El joven, aún dentro del lobby, ve como el negro es succionado por la turba. Más disparos al aire, ráfagas. Gritos desesperados y culatazos de los cubanos que no quieren disparar contra el grupo. El brazo levantado del colaborador del FNLA que grita desesperadamente se pierde en el mar humano.

Unos minutos más tarde, a fuerza de golpes, disparos al aire y la llegada de más soldados, la gente se va retirando de mala gana, aún vociferante e indignada. Sobre el asfalto del acceso al hotel, en medio de un reguero de sangre y trapos, yace el cadáver del delator, asesinado al igual que sus víctimas del otro bando, a golpes, pedradas y cuchilladas desesnfrenadas por el odio...

La claridad difusa anuncia el amanecer. Una fina escarcha cubre las superficies metálicas. Las mantas y capas están húmedas por el frío de la madrugada. Las unidades que han acampado en el Cuartel de los portugueses reciben el reglamentario ¡De pie! de mala gana. Los soldados apenas han dormido. Se lavan la cara con el agua de la cantimplora o hacen la cola para recibir un poco de leche caliente. Los jefes de escuadras y pelotones apuran a los remolones y gritan por cualquier cosa. Se prepara una patrulla para salir de exploración. Como la escuadra de exploradores no está completa, dos soldados gubernamentales son agregados al comando.

El blindado de exploración parte con los primeros claros del día. Abandona el cuartel y toma una calzada que desciende hacia el centro de la ciudad. Va con las escotillas abiertas y los soldados encima del blindaje. Numerosos rodeos para evitar las vías obstruídas. La línea de asfalto deja atrás definitivamente la ciudad. Campos que una vez estuvieron cultivados, ahora llenos de malezas y restos de plantaciones. Carretera en dirección a Joâo de Almeida. Los soldados se retiran al interior del blindado y cierran las escotillas: tierra aún en conflicto. La misión de la patrulla es determinar si está libre el trayecto. El Jefe de la escuadra va provisto de un viejo mapa militar portugués bastante desactualizado. El BRDM se detiene ante un inesperado entronque de la carretera.

El jefe duda: en el mapa no aparece la encrucijada. El teniente pide que le traigan a uno de los angolanos que va al fondo del vehículo con el sombrero calado hasta las orejas. Quizás conozca el terreno...

Asombrado, ve como se le acerca en su flamante uniforme de las FAPLA un negro de rostro aguzado y chivo encaracolado.

Free Guestbook
Comentarios

Correo electrónico

Arique
revista de poesía

Arbol invertido
revista literaria sin fronteras

(sitio cerrado por la censura cultural)
Carta lírica
desde Miami, de poeta a poeta

William Navarrete
blog de William Navarrete  

Cuba Underground
espacio cubano de expresión artística

Mar desnudo
revista cubana de arte y literatura

Parque del ajedrez
blog de Odette Alonso

Sinalefa
revista internacional de literatura


Creative Commons License
Creative Commons