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La carta del Cánada

El género epistolar es una de las más complejas formas de expresión del hombre. Pudiera parecer que a través de las cartas pretendemos únicamente comunicarnos con un receptor lejano, pero no es así. Hay mucho más en ellas, desde atávicos temores hasta verdades a medias, cierto misterio o un aura de encantamiento y embrujo. A veces traen buenas noticias, a veces el viento seco de la desgracia o la agonía de un vínculo afectivo. Hay cartas también que transportan junto a llamativas estampillas, cuños y direcciones extrañas, papeles, pegamentos y tinturas, el aroma exótico de sitios remotos, de costumbres diferentes y de aventuras más imaginadas que reales, pero que yacen en nuestro subconsciente desde el alba de los tiempos.

Y cada carta tiene numerosos rostros y lecturas. Para su autor es una visión de lo que desea proyectar o encubrir. Para el receptor es un pedazo de universo ajeno, real o creado por su emisor, pero siempre interesante para nuestra ancestral morbosidad. Y así como puede un sueño convertirse en una experiencia enajenante o una premonición oscura, también puede una carta ser un enigma insoluble o una imagen en un pedazo de espejo roto.

Intercambio correspondencia con alguna gente, con muy buenos amigos, sobre todo en España e Iberoamérica a pesar de retrasos, extravíos y otras calamidades; lo vengo haciendo desde joven, cuando tener relaciones con el extranjero era casi un pecado mortal. Pero nunca he tenido amigos en el Cánada -así, como lo pronuncia un tío mío y me causa mayor sensación de lejanía y extrañamiento que el más cercano Canadá-.

En estos días estaba yo en una casa en la que viví hace algunos años, pequeña, apenas una sala, un cuarto y un pasillo lateral en una calle llamada San Juan. Había otras personas allí cuando llegó el cartero. No sé si traía correspondencia para los demás, pero sí había un sobre amarillo, de los llamados de Manila, para mí. Lo tomé con la curiosa expectativa que siempre me causan esos envíos. Me fui con él hacia atrás, al fondo de la casa, para disfrutar a solas el inefable placer de abrirlo.

Había algo extraño en él. El remitente no me era conocido. Mientras abría el sobre me preguntaba que harían mi nombre y dirección en el Cánada, qué relación podía tener esa gente conmigo. Terminé de abrirla y a medida que la iba leyendo se me tornaba más extraña e inquietante. Había algo amenazador en la introducción, en lo desconocido de las personas, en el tono de luces de la habitación en que me hallaba y hasta en la puesta del sol por la ventana.

El papel era de oro, de esos que se usaban en las imprentas para estampar letras doradas; en él, con caracteres arcaicos semejantes a letras góticas -todo despedía un tufillo a rancio, a cosa vieja, a manuscrito antiguo, a alquimia- se decía que un sacerdote, o mejor, un monje en el Cánada -y yo imaginaba al monje con su basta ropa, su celda húmeda y los corredores oscuros y misteriosos de un viejo convento medieval- había tenido una revelación y había pedido al Obispo que se rezara por unos hermanos en Cuba que se hallaban en gran peligro, bajo una amenaza terrible. Por eso el Obispo del Cánada había enviado la carta a la Iglesia de la isla para interceder por esos hermanos en Cristo Jesús. Seguía la relación de tres o cuatro nombres... ¡y uno de ellos era el mío!

¿Cómo había llegado mi nombre a ese lugar remoto? ¿Qué misterio era aquel en que un sacerdote en trance en un viejo convento había visto la espada sobre mi cabeza y adivinado mi nombre? ¿Qué fuerzas tan poderosas e ignotas eran capaces de mover a miles de personas a orar en favior de un desconocido a otros miles de kilómetros? Multitudes enteras rezando al unísono por mí en umbrías catedrales de altos y ornamentados pilares. ¡Entonces el peligro era cierto! Todo me resultaba incomprensible, extraño, terriblemente enorme y oscuro para los sentidos, para el pensamiento.

Golpes de adrenalina, oleadas de terror, me fueron ahogando. Levanté la vista mientras el papel dorado caía de mis manos; entonces una figura humana, una cara socarrona entre burlona y zorra, irrumpió en la habitación; no pude más. Todo lo incomprensible, lo extraño y amenazador que me subía por las venas estalló en un grito espantoso y visceral. Entonces me desperté... reconocí lo que me rodeaba... miré al techo... me fui sedando... respiré aliviado: la espada de Damocles aún pendía sobre mi cama.

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