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Bartolo

Llevaba una semana retenido en la unidad. Al menos eso era lo que se decía oficialmente o lo que decían los oficiales que participaban en su interrogatorio. Retenido, detenido o simplemente preso. Ya la duración de su especial situación había violado los reglamentos correspondientes que establecían sólo setenta y dos horas de comunicación.

Y él no quería que lo liberasen, sólo que lo dejaran salir, al final de las jornadas, hasta su casa, su nueva casa, lo que para los demás era un quimbo.

La historia venía de atrás, de cuando llegó al país enrolado en el ejército en el cumplimiento de una misión fuera de su patria. Costumbres diferentes, desarrollos diferentes, todo diferente. Excepto algunas cosas que son siempre las mismas en todas partes y rincones. El color de la piel, bueno, lo de menos, un ser humano es lo que es bajo cualquier piel, cara o pensamiento. Una mujer también. Incluso si está desnuda es igual a cualquier otra mujer: el non plus ultra de la belleza, el pedacito de felicidad más cercano a la mano del hombre. Pero el caso es que en este país las mujeres de la región andan en taparrabos, sí, taparrabos, con los senos al aire y unos peinados complicadísimos que se hacen con estiércol de vaca entre otras cosas. Y viven en quimbos. O sea, que son bastante diferentes de las mujeres de las que habitualmente uno se enamora, a no ser que uno haya nacido también en esta región. Y el amor está entre esas cuestiones que ya decía son las mismas en todas partes. Se enamoró.

Hizo del quimbo su casa. Apenas terminaba sus deberes en el cuartel caminaba el kilómetro que lo separaba de la aldea para reunirse con su negra. Allí le ayudaba en las tareas domésticas y en las siembras. Allí compartía comidas y fiestas y hasta lloraba las desgracias de todos los que compartían en comunidad. Hasta que aquello empezó a levantar ronchas.

Un buen día se apareció un alto jefe en el cuartel y se enteró (que chivatos y chismosos también los hay en todas partes). Bueno, que Bartolo esté con su negra no es ningún problema, dijo alguien, porque Bartolo también es negro, pero que se vaya a vivir con la negra al quimbo, ya eso sí es un problema de alta seguridad que puede afectar la moral combativa de las tropas aquí acantonadas y por tanto, el equilibrio estratégico en esta zona que a su vez haría peligrar la seguridad entera del continente y el equilibrio, aún más delicado, de los sistemas sociopolíticos mundiales... y hasta la historia misma, qué cará.

En fin, vayan a buscarme al negro ése y tráiganmelo acá. Así pasó Bartolo a estar retenido durante una semana, interrogatorios van e interrogatorios vienen, porque a la contraintenligencia militar no le podía caber en la cabeza cómo un negro fino se iba a ir a vivir, de buena gana, a un quimbo. Todavía acostarse con una mujer que apestara a mierda de buey pase, si la necesidad es grande, pero ¿enamorarse? ¡Coño! ¡Eso ya es demasiado! Tiene que haber algo más detrás de eso. Y una semana retenido.

Y Bartolo decía: síganme interrogando si quieren, hagan lo que quieran, pero dejenme salir a ver a mi negra. Pero no le hacían caso, ya el alto oficial se había ido. Un día Bartolo se cansó, le dio una especie de ataque de nervios, de histerismo o de no se sabe qué y la emprendió con todo: rompió lo que encontró a su paso, destruyó,  quebró, rasgó, pateó. Lo pusieron en una celda aislada donde no había mucho que destrozar. Y se declaró solemnemente en huelga de hambre.

Al principio nadie le hizo mucho caso, pero al ver que pasaban los días y la comida seguía intacta, empezaron a preocuparse. Un fatal día se le ocurrió acercarse a la celda a la hija del comandante de la plaza, fruto de sus amores con una nativa que vivía tres quimbos más allá que la mujer de Bartolo. Y Bartolo, sacando sus brazos a través de los barrotes la cogió por el cuello (a la hija del comandante, una mulatica de lo más graciosa) y casi la estrangula. ¡Qué clase de jodienda se armó!

Cogieron a Bartolo y lo llevaron amarrado para el hospital militar más cercano y allí le pusieron más yesos y vendajes que a un politraumatizado con fracturas múltiples. Así lo montaron en un avión y lo regresaron a su país. Cuando la madre lo vio llegar rompió a llorar, imagínense, la pobre mujer pensaba que a su hijo no le quedaba un hueso sano...  hasta que Bartolo le dijo: Mira vieja, no llores más, que yo no tengo ninguna fractura, esto es un embaraje namá. Y la vieja se puso de lo más contenta.

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